Cuarenta años de ‘Jesucristo Liberador’ Leonardo Boff DESTACADO destacado

Cuarenta años de ‘Jesucristo Liberador’

Leonardo Boff, Teólogo, filósofo y escritor
oct 092012

Traducción: ADITAL
Entre los días 7 y 10 de octubre se está realizando en São Leopoldo en el Instituto Humanitas de la Unisinos (universidad jesuita en Rio Grande do Sul), la celebración de los 40 años del surgimiento de la Teología de la Liberación. Allá se encuentran los principales representantes Latinoamericanos de esta teología, destacando, su primer formulador, el peruano Gustavo Gutiérrez. Curiosamente durante el mismo año 1971, sin que uno supiese de los otros, tanto Gutiérrez (Perú), como Hugo Assman (Bolivia), Juan Luis Segundo (Uruguay) y yo (Brasil), lanzábamos nuestros escritos, tenidos como fundadores de este tipo de teología. ¿No sería la irrupción del Espíritu que soplaba en nuestro Continente signado por tantas opresiones?

Yo, para burlar los órganos de control y represión de los militares, publicaba cada mes del año 1971 un artículo en una revista para religiosas ‘Sponsa Christi’ (Esposa de Cristo) con el título: Jesucristo Liberador. En marzo de 1972 reuní los artículos y arriesgué su publicación en forma de libro. Tuve que esconderme durante dos semanas, pues la policía política me buscaba. Las palabras “liberación” y “libertador” habían sido desterradas del lenguaje colectivo y no podían usarse públicamente. Costó mucho trabajo al abogado de la Editora Vozes, quien fuera soldado de las fuerzas brasileñas que combatieron en Italia al nazi-fascismo, poder convencer a los agentes represivos del régimen, que mi obra, era un libro de teología, con muchos rodapiés y citas de autores alemanes, que no amenazaba al Estado de Seguridad Nacional.

¿Cuál es la singularidad de este libro (actualmente ya en su 21ª edición)? El presentaba, fundamentada en una exegesis rigurosa de los evangelios, una figura de Jesús como libertador de diversas opresiones humanas. Con dos de ellas, el se confrontó directamente: la religiosa, expresada en la forma de fariseísmo de la estricta observancia de las leyes religiosas. La otra, política, la ocupación romana que implicaba reconocer al emperador, como “dios” y aceptar la penetración de la cultura helenística pagana en Israel.

A la opresión religiosa Jesús contrapuso una “ley” mayor, la del amor incondicional a Dios y al prójimo. Prójimo para él es toda persona a la cual me aproximo, especialmente los pobres e invisibles, aquellos que socialmente no cuentan.

Ante la opresión política, en vez de someterse al Imperio de los Césares, el anunció el Reino de Dios, un Delito de lesa-majestad. Este Reino suponía una revolución absoluta del cosmos, de la sociedad, de cada persona y una redefinición del sentido de la vida a la luz de Dios, llamado Abba, que significa papacito bondadoso y lleno de misericordia, que hace que todos puedan sentirse sus hijos e hijas, y al mismo tiempo, hermanos y hermanas entre sí.

Jesús actuaba con la autoridad y convicción del alguien enviado por el Padre, para liberar la creación herida por injusticias. Manifestaba un poder que aplacaba tempestades, curaba enfermos, resucitaba muertos y colmaba de esperanza a todo el pueblo. Algo realmente revolucionario iba a acontecer: la irrupción del Reino que es de Dios, pero también de los humanos por su repuesta comprometida.

Al enfrentar las dos opresiones, asumió un conflicto que lo llevó a la cruz. Por ello, no murió en la cama, rodeado de discípulos. Más bien, fue ejecutado en la cruz como consecuencia de su mensaje y de su práctica.

Todo indicaba que su utopía sería frustrada. Pero he aquí, que se manifiesta un hecho sin precedentes: la hierba no creció sobre su tumba. Mujeres anunciaron a los apóstoles que Él había resucitado. La resurrección no debe identificarse con la reanimación de su cadáver, como el caso Lázaro. Mas bien, hay que entenderla como la irrupción de un ser nuevo, que no está sujeto al espacio-tiempo y a la entropía natural de la vida. Por eso atravesaba paredes, aparecía y desaparecía. Su utopía del Reino, como transfiguración de todas las cosas, al no haber sido posible su realización global, se concretizó en su persona mediante la resurrección. Es el reino de Dios concretizado en él.

La resurrección es el dato mayor del cristianismo sin el cual no se sostiene. Sin este evento bienaventurado, Jesús sería como tantos profetas sacrificados por los sistemas de opresión. La resurrección significa la gran liberación y al mismo tiempo, una insurrección contra este tipo de mundo. Quien resucita no es un César o un Sumo Sacerdote, sino un crucificado. La resurrección da la razón a los crucificados de la historia por la justicia y el amor. Ella nos asegura que el verdugo no triunfa sobre la víctima. Significa la realización de las potencialidades ocultas en cada uno de nosotros: la irrupción del hombre nuevo. ¿Cómo entender a esta persona? Los discípulos le atribuían muchos títulos, Hijo del Hombre, Profeta, Mesías y otros. Por fin concluyeron: humano así como Jesús, sólo puede ser Dios. Y comenzaron a llamarlo Hijo de Dios.

Anunciar un Jesucristo liberador en el contexto de opresión que existía y aún persiste en Brasil y en América Latina era y es peligroso. No sólo para la sociedad dominante; también, para ese tipo de iglesia que discrimina a las mujeres y los laicos. Por lo que su sueño siempre será retomado por aquellos que se niegan a aceptar el mundo tal como existe. Quizás sea este el significado de este libro escrito hace 40 años.