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La Biblia, traducción interconfesional

La Biblia, traducción interconfesional

Un regalo para la Semana de Unidad

La Biblia, traducción interconfesional

Una Biblia para TODOS

Verbo Divino, 23 de enero de 2012 a las 10:29

(Verbo Divino).- Una Biblia para TODOS. Los hombres y mujeres que tienen el español como lengua propia ya tienen una nueva Biblia, una Biblia que es el resultado de un trabajo conjunto llevado a cabo por cristianos de diversas confesiones. Por eso es una traducción interconfesional.

La Biblia Traducción Interconfesional (BTI) es el fruto de un largo y complejo proceso de trabajo que se iniciaba en 1973, con la traducción del Nuevo Testamento, y que culmina ahora, en 2008, con la edición completa de la Biblia. Han sido más de treinta años de trabajo intenso en el que ha participado una veintena de expertos biblistas cristianos. El esfuerzo ha merecido la pena.

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"Las mujeres se merecen responsabilidades dentro de la Iglesia"

"Las mujeres se merecen responsabilidades dentro de la Iglesia"

José Luis Segovia y Juan Pablo García Maestro, Instituto Superior de Pastoral

"Las mujeres se merecen responsabilidades dentro de la Iglesia"

"Con el Vaticano II hay que hacer un ejercicio de profecía más que de nostalgia"

Jesús Bastante, 23 de enero de 2012 a las 09:17

(Jesús Bastante).- José Luis Segovia es el director del Instituto de Pastoral, y Juan Pablo García Maestro es el coordinador de unas jornadas de teología que cumplen su 23ª edición y que, bajo el título "Recibir el Concilio, 50 años después", se celebran del martes al jueves de esta semana en el Instituto Superior de Pastoral (Juan XXIII 2, de Madrid). "La Iglesia, con el Vaticano II, se hizo coloquio. El Concilio Vaticano supuso tanta riqueza y novedad que todavía necesitamos desplegar todo su potencial", afirman.

¿Por qué tratar hoy en día el tema del Concilio?
JPG: Yo creo que ha sido el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX. Antes del Concilio todo era antiguo, y después ha sido todo nuevo. No se trata de caer en maniqueísmos, pero sí creo que ha marcado a la Iglesia, sobre todo desde 3 dimensiones: la primera línea importante es que supuso la apertura al mundo, lo quiso mirar con ojos nuevos, aprender de él a través del amor, del diálogo también con los no creyentes, con los hermanos de las otras iglesias y de las otras religiones. Fue clave el primer documento que se aprobó en el Concilio. Después, lo más importante y lo más olvidado es que fue un concilio ecuménico. El ideal de Juan XXIII era la unión de las iglesias. Y por último, el tercer eje del Vaticano II fue la opción preferencial por los pobres, aunque luego se entró de forma tímida en esa cuestión, cuando en realidad tendría que haber tenido mayor profundidad, en tanto en cuanto los pobres tienen que ser los primeros, los preferidos en la Iglesia. Cosa que creo que Medellín en el 68 sí supo reinterpretarlo para toda la Iglesia de América Latina. Insistieron en que, o la Iglesia es la Iglesia de los pobres, o no se da. Por eso, creo que actualmente hay que hacer la relectura del Concilio Vaticano II preguntándose cómo es el diálogo con el mundo, el respeto por la autonomía moral, cómo nos encontramos con respecto al ecumenismo, y hasta dónde ha llegado la Iglesia en su opción clara por los pobres. Porque Jesús de Nazaret optó claramente por ellos. Y no solamente optó, sino que fue pobre. Entonces, hay que hacer una reflexión a partir de Medellín, que a pesar de que duró una semana, llegó mucho más lejos que el Concilio, que duró tres años. Desde ahí hay que mirar hacia el futuro, porque hoy la situación es muy distinta que en los años sesenta.
JL- En ese sentido vamos a hacerlo en el Instituto Superior de Pastoral, porque indudablemente tenemos un deber de memoria agradecida con nuestros mayores, que ocuparon un importante papel en el Concilio Vaticano II en España. La presencia española en el Concilio no fue muy boyante, pero desde luego hubo profesores del Instituto Superior de Pastoral que hicieron una recepción enorme con su doctrina en la Iglesia española.

En España, además, cuando se produjo el Concilio estábamos en una situación política bastante diferente al resto de Europa. ¿En qué medida los aires del Concilio provocaron que la Iglesia estuviera al frente de los nuevos tiempos?
JL- Con mucha fuerza, sí, como el cardenal Tarancón.

Han pasado 50 años, que en el lenguaje de la Iglesia es poco siendo una institución con más de 21 siglos de historia. Pero para la gente de nuestra generación, parece que el Concilio Vaticano queda muy lejos, que se ha olvidado. Cuando se habla del Concilio el análisis suele centrarse en temas litúrgicos, en los cambios en lo ornamental, en lo organizativo... Y no tanto en lo que tú has comentado: opción preferencial por los pobres, ecumenismo, apertura al mundo... ¿La distancia entre algunos postulados de la institución y los miembros de nuestras sociedades, no es hoy bastante más larga?
JL- Yo creo que una de las grandes aportaciones del Concilio Vaticano II fue la autocomprensión de la Iglesia, entendida como Pueblo de Dios en ejercicio de corresponsabilidad. En ese sentido, todavía tenemos asignaturas pendientes. Hay cosas en las que avanzar, y una de ellas es, efectivamente, el diálogo con el mundo. Tampoco se trata de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino de ver aquello que aún necesita desarrollo, ver los grandes retos del siglo XXI en relación al acervo del Vaticano II, que tiene muchas claves para entender las necesidades de la Iglesia. Hay que hacer un ejercicio de profecía, de mirar hacia delante, más que de nostalgia o de recuerdo. Hay que practicar autocrítica, diálogo intereclesial, y en definitiva, la puesta en acto de lo mejor del Concilio pasa por rescatar dos dimensiones fundamentales de la Iglesia: primero, la fidelidad a los orígenes. La Iglesia nace a los pies de la cruz. Por eso hoy debemos seguir con los ojos fijos en el Señor, y a los pies de todos los crucificados. Y segundo, lograr lo que dice Jesús en el discurso de despedida: "Que sean uno, para que el mundo crea". Mantener la unidad dentro de la diversidad. Eso nos permitiría poner en marcha el Concilio Vaticano II para este siglo XXI.

De hecho, en las jornadas, tanto la primera ponencia como las dos últimas son iniciativas hacia delante, para nuestros días, con perspectivas de evangelización. Luego tenéis al arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez. Y el miércoles 25 de enero hay una mesa redonda que me parece muy sugerente: "Tres matrimonios, tres generaciones ante el Concilio". Porque el Concilio, como la Iglesia, no es sólo cosa de consagrados, sino también de laicos, matrimonios, personas que han vivido distintas etapas y distintas perspectivas.
JL- Y también distintos contextos. Tenemos dos catedráticos, uno relacionado con el ámbito de la filosofía, todos de edades diferentes y que aportarán seguramente la riqueza de los matrimonios cristianos.
JP- Yo creo que si el Concilio marcó un hito en la historia fue porque la Iglesia dejó de ser eurocéntrica. Dejó de pensarse que la Iglesia estaba en Europa y simplemente tenía iglesias en Japón , en Tailandia, en el Norte de África, y se entendió que todas esas eran iglesias con rostro propio. Lo importante del espíritu del Concilio es que dio sentido a esa particularidad de la Iglesia universal. Se tomó conciencia de que cada iglesia nace de una contextualización de la propia teología. Es muy importante la consecución de esa particularidad universal, dejar de pensar que todas las iglesias tienen que tener rostro europeo. También cabe señalar que durante el Sínodo de los obispos que vamos a celebrar en octubre vamos a hablar de nueva evangelización. Pero yo creo que no se puede hablar de nueva evangelización mientras no haya unidad en la Iglesia. El ecumenismo sigue siendo una herida muy dura en la Iglesia.

¿No se insiste demasiado en una reunificación de instituciones, abundando menos en otras cosas que nos unen como cristianos? ¿El primer paso no debería ser el de reconocernos como hermanos en la fe?
JP- Sí. En ese sentido, me llamó la atención una de las entrevistas que le hicieron a Juan Pablo II, en la que dijo que no hay mal que por bien no venga. Dijo que las divisiones habían sido evidentemente dolorosas, pero que algunos aspectos de la Iglesia luterana como importancia que le han dado a la Teología de la Cruz o a la Palabra, mientras que los católicos nos hemos centrado más en los sacramentos, han servido para que aspectos que el catolicismo había olvidado, hayan sido recordados por los hermanos de las iglesias luteranas. Así, también los ortodoxos han destacado el tema de los iconos y del Espíritu Santo, mientras nuestra teología es más cristocéntrica. Gracias a los ortodoxos, entonces, hemos recuperado la dimensión simbólica, la importancia de la exégesis y la Sagrada Escritura. Entonces, yo pienso como Juan Pablo II: que las divisiones han sido negativas pero que, por otra parte, han servido para restaurar aspectos que cada uno habíamos olvidado. La virtud comunitaria, la vida religiosa, y el tema de los santos, son cosas que también están recuperando ahora los luteranos. Al final, es más lo que nos une que lo que nos separa. Pero no solamente eso, yo espero que también sea así el diálogo con las otras religiones, que hasta ahora nos hemos excluido, pensando que fuera de la Iglesia no hay Salvación. Cuando en realidad, es fuera de la fraternidad donde no hay Salvación. Porque la fraternidad es lo que nos une a todas las confesiones cristianas. Lo que dijo Pablo VI en el mensaje de clausura del Concilio: que todos sus documentos estaban atravesados por el espíritu del buen samaritano. Por la mística de los ojos abiertos que miran a todos los que están tirados a los bordes del camino. Es esa compasión lo que tiene que unir a todas las confesiones. Porque todo es relativo, menos Dios y el hambre. Eso une a todas las religiones y espiritualidades de la historia.
JL- Es la dimensión dialogal que recordaba Pablo VI, y que es otra de las notas identitarias del Instituto de Pastoral: que la Iglesia se hace coloquio. El Instituto forma parte de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca. Ahora mismo estamos desarrollando el máster en Teología Pastoral, estamos haciendo acuerdos con una universidad de Panamá, y además estamos ofertando un curso de actualización teológico-pastoral, cursos intensivos para sacerdotes, religiosos y laicos; y vamos a poner en marcha también, en breve, cursos monográficos sobre la planificación pastoral, la lectura en la liturgia... El Instituto trata de dar respuesta a las necesidades de los agentes de pastoral desde la concepción de Iglesia samaritana, dialogante y compasiva; que apuesta por los pobres como en el Concilio Vaticano II.

Hacia el futuro, ¿veis necesario otro Concilio? ¿Las enseñanzas de éste están todavía en pañales? ¿Se tiene que dar la vuelta? ¿Se ha retrocedido? ¿Hacia dónde tenemos que ir?
JL- Yo creo que el Vaticano II tiene una riqueza y supone unas novedades tan importantes, que todavía necesitamos desplegar todo su potencial. Sobre todo en la forma de autocomprenderse la Iglesia y en los cambios en las estructuras, muy incipientemente comenzados. Cambios que posibiliten una Iglesia más participativa, más colegial, que acentúe las dimensiones de la misión y del encuentro con los demás. En ese sentido, creo que no necesitamos otro Concilio, sino seguir poniendo en acto los grandes retos a los que nos abrió el Vaticano II. No creo que sea necesario un Concilio Vaticano III. El Sínodo de 2012, además, invita a un diálogo interior en la Iglesia, al contraste y a la confrontación amistosa para tratar de responder a los dos grandes retos que son el eclipse de Dios en sociedades tan secularizadas, y la injusticia y sufrimiento de tantas personas que lo están pasando mal, por la crisis financiera y por otras muchas razones.
JP-A mí me gustaría añadir una cuestión: el teólogo Hans Kung decía que necesitábamos un Concilio Vaticano III. Le preguntaron a Rahner, sobre esa propuesta de Kung, y él contestó que si todavía no hemos asimilado el Vaticano II, tardaremos cien años en poder enfrentar el mensaje de un tercero. Mirando con perspectiva de futuro, creo que la Iglesia tiene que ser una Iglesia de los laicos. El Concilio Vaticano I fue más bien un concilio del Papado. El segundo fue más eclesial, y de los obispos. Yo espero que el fruto que se recoja del Concilio Vaticano II en el futuro, sea de verdad para la Iglesia de los laicos. La Iglesia Pueblo de Dios, la Iglesia de Cristo. Antes que de la jerarquía. Y una Iglesia con rostro más femenino. Hoy en día no podemos minusvalorar toda la explotación que tiene la mujer. Hay que avanzar hacia una teología de rostro femenino, leer la Biblia con ojos de mujer. No se trata de feminismos, en la Iglesia la mayoría son mujeres. Jesús legó, en ese sentido, pasos muy concretos de apostar por la mujer. Se merecen responsabilidades, y todavía sufren una situación de doble marginación cuando, además de ser mujeres, son pobres. Lo que debe verse en nuestro espíritu evangélico es que ya no hay ni varón ni mujer, ni esclavo ni libre, sino que somos todos iguales. Por tanto, que se tomen en serio los ministerios laicales, y la aportación que la mujer ha hecho en la historia de la Iglesia.

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"Ninguna iglesia tiene las manos limpias. Todas han torturado a algún otro hermano cristiano"

"Ninguna iglesia tiene las manos limpias. Todas han torturado a algún otro hermano cristiano"

Mariano Perrón es Delegado de Ecumenismo del Arzobispado de Madrid

"Ninguna iglesia tiene las manos limpias. Todas han torturado a algún otro hermano cristiano"

"Las diferencias entre cristianos las establecen las jerarquías eclesiásticas más que los mismos fieles"

Jesús Bastante, 20 de enero de 2012 a las 09:32

(Jesús Bastante).- Celebramos en estos días la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, un octavario de la oración que nos recuerda la necesidad de que los seguidores de Jesús caminemos hacia un destino común, pero también las dificultades -institucionales y reales- con las que este proceso se encuentra. Más de un siglo después de que se iniciara esta cadena de oración, Mariano Perrón, delegado de Ecumenismo del Arzobispado de Madrid, aborda, en esta entrevista en RD, los retos del diálogo ecuménico. "Ni por parte del episcopado católico, ni algunos grupos evangélicos españoles, hay un interés claro por el ecumenismo", afirma.

-¿Cuándo hablamos de unidad de los cristianos a qué nos referimos?
-Todo el movimiento ecuménico comenzó con una idea de misión. Es decir, si las iglesias querían dar un testimonio, no podía ser un testimonio dividido. Era un "antitestimonio" cristiano que vinieran los anglicanos por un lado, los evangélicos por otro, los católicos por otro... Así que la palabra clave para la evangelización y para la misión comenzó a ser la unidad de la Iglesia. Ahora se han cumplido 100 años del gran Congreso de Edimburgo, en el que se planteó desde esa perspectiva el encuentro de las iglesias. Desde entonces ha habido toda una serie de encuentros que respondían a la idea última de llegar a la unidad visible de la Iglesia.

-¿Qué es eso de unidad visible?
-Sería reintegrar todas las iglesias que a lo largo de la historia se habían ido desgajando. Los 2 puntos clave serían el cisma de Oriente y el cisma de Occidente: los ortodoxos (iglesias orientales) y la Iglesia Católica; y la otra gran ruptura, que fue el protestantismo, el movimiento de la Reforma.
Se pretendían ver todas las diferencias que había, de carácter teológico, como régimen de Iglesia, como manera de vivir... todo ello con una meta, que no era la unidad de la Iglesia como tal, sino el testimonio común. Poder ofrecer el Evangelio como un cuerpo único de Cristo, indiviso e indivisible.
Hemos dado pasos en todos los ámbitos: por ejemplo, en el del diálogo teológico entre iglesias. En Estados Unidos algunas iglesias luteranas que se habían escindido se reintegraron, constituyendo una sola unidad. Se hicieron comisiones para los temas más álgidos: por ejemplo, la justificación entre la Iglesia Luterana y la Católica; bautismo, ordenación, eucaristía, sacramentos en general, autoridad... tema que lleva vigente entre católicos y comunidad anglicana desde el año 65, y que ha dado muchísimos pasos.

-La Iglesia anglicana ha aprobado la ordenación de mujeres. ¿Tienes este fenómeno más importancia o menos que la ordenación de homosexuales?
-Con la homosexualidad, la "objeción" que habría sería de orden moral. La ordenación de la mujer, en cambio, tiene un carácter intrínseco. Supone decir que una mujer, cromosoma XX, es incompatible con ese ministerio. Cristo sólo ordenó varones, por lo tanto, las mujeres están excluidas. Esa sería la postura tradicional.
Lo que es más importante es que se ha llegado a reconocer algo que antes no había existido: los prejuicios, las enemistades, y la fobia interna que había de unas confesiones a otras, sobre todo en lugares que históricamente habían tenido "sangre" y persecución (Alemania, Ginebra...). Ninguna iglesia tiene las manos limpias. Todas han torturado a algún otro hermano cristiano, por cuestiones ideológicas o doctrinales. Lo que se ha ido logrando, es un encuentro de cristianos en niveles pequeños. Porque los encuentros de Pablo VI, o todas las visitas de Juan Pablo II, llaman la atención. Impresiona ver juntos a un Papa y un Patriarca. Pero quitemos algo de incienso: si ha habido tanto acercamiento es porque hemos entrado en una fase de secularización muy fuerte. Las iglesias ya no son el cuerpo imperante social, política e ideológicamente en lo que llamamos occidente. Entonces, da miedo: o presentamos un frente común, o nos encontramos una sociedad cada vez más laica, donde no pintamos absolutamente nada y es imposible hacer llegar el mensaje evangélico.
El otro elemento, creo que se está viendo con excesivo optimismo e idealismo: el resurgir del islam en occidente. La Conferencia Episcopal Francesa sacó una nota hace años poniendo en guardia sobre la seriedad que supone una comunidad que, en el caso concreto de Francia, supone nada menos que 5 millones (oficialmente) dentro de una nación de 50 millones. Es un porcentaje muy alto de una religión que tiene no sólo una fe como contenido, sino también connotaciones que implican a la sociedad, el estilo de vida, etc., y que en ocasiones son totalmente chocantes con los de occidente.
Sin embargo, la labor ecuménica ha dado más pasos. Hemos conseguido proyectos comunes de calidad, compartir espacios... Un ejemplo de estos proyectos es la Biblia Interconfesional. La han hecho, en España, la Conferencia Episcopal y las Sociedades Bíblicas. Por fin cuajó, y hoy tenemos un texto bíblico común para todas las confesiones.

-¿Y no fue una pena que, inmediatamente después, saliera una Biblia oficial de la CEE?
-Es cierto que se quedó totalmente apagada en un sentido, pero es que lo que se tiene que hacer en las celebraciones litúrgicas estrictamente católicas, en los sacramentos, la eucaristía, los ritos... es usar la Biblia oficial promulgada por la CEE. La Biblia Interconfesional habría que dejarla, o bien para otros actos, o para estudio.

-Desde las bases, en ocasiones se critica el proyecto ecuménico desde esta doble vía: pensando que lo que tiene que hacer el resto es "volver a casa". ¿No es, por el contrario, más importante, el reconocimiento de que todos somos creyentes en Jesús y que compartimos una serie de valores? ¿Se está haciendo un trabajo real para unir? ¿Desde las bases, o desde Roma?
-Personalmente, desconfío muchísimo de esto, por los resultados que ha habido desde que terminó el Concilio en el 65: crear clima de diálogo, organismos de tipo teológico y de servicio... pero hay un detalle: la lengua es muy interesante, y en todos los discursos que ha dado el Papa Benedicto en su viaje a Alemania, no ha hablado en ningún momento de unidad visible de la Iglesia. Testimonio común, de evangelización común... son términos que ya se van dejando. La idea de una única Iglesia se ha dejado aparcada por el momento.

-¿Eso es malo?
-Yo no lo veo malo, sino realista. La evolución que ha tenido la comunidad anglicana con la ordenación de mujeres ha supuesto, o bien una ruptura (gente que ha dejado la Iglesia anglicana) o una vuelta a la Iglesia Católica. Esto basta hablarlo con determinados anglicanos, para que te digan que la labor ecuménica con la Iglesia católica consiste en "retornar a casa". Lo cual supone talar completamente el pequeño brote que puede haber de esperanza de diálogo ecuménico. Pero sí veo, por el contrario, mucha esperanza en otro elemento: en la capacidad de la gente de superar todas las diferencias, porque, en muchos casos, las establecen más las jerarquías eclesiásticas que los mismos fieles. Evidentemente, el que en una parroquia se pueda constituir un grupo de acción caritativa en el que estén participando católicos, evangélicos de dos confesiones distintas... y que sepan que, si se quiere hacer llegar el Evangelio, hay que hacerlo de una manera común, dando testimonio de entrega y atención a los más necesitados, supone un germen. Una forma de crecer en la unidad. Esto estructuralmente no es visible, pero es tremendamente real. La posibilidad de crear un círculo de estudio bíblico o de oración, en una iglesia evangélica o católica, y acercarse a la Palabra de Dios, es otro elemento muy positivo. Incluso, pensemos en algunos organismos no representativos de sus respectivas iglesias, como las sociedades bíblicas americanas: están integradas mayoritariamente por protestantes y, sin embargo, en su Comité de Dirección hay miembros católicos. Ahora mismo, de hecho, la American Bible Society está volcada hacia el catolicismo: está utilizando una página de Leccio Divina. Así es como crece el encuentro. Es mucho más importante esto, que el que se junten el Papa y el Patriarca. Por ahí no creo que se pueda llegar, francamente, a nada.

-Si estableciéramos un ranking por países, ¿dónde sería más visible ese trabajo por la unidad? ¿Qué papel y qué lugar ocuparía España?
-Seamos objetivos: en España, ni por parte del episcopado católico, ni por parte de un buen número de grupos evangélicos españoles, hay un interés claro por el ecumenismo. Los unos, porque se apoyan en la tradición: hemos sido la Iglesia toda la vida. Es triste decirlo, pero ésa es la postura. Y por parte de algunos de los otros hay auténtica negación del ecumenismo, incluso de los términos. La palabra "ecuménico" suscita verdaderas fobias en algunos sectores.
Hay un fenómeno que por el momento no está suficientemente estudiado, y que merecería la pena que los sociólogos religiosos le echaran una ojeada: el fenómeno de los movimientos carismáticos, tanto en EEUU como Sudamérica, África, India y otras zonas de oriente. Grupos carismáticos que están trabajando como iglesias locales, pequeñas, donde las distinciones de origen (católico o luterano, por ejemplo) están siendo totalmente superadas y dejadas al margen, en el momento en que el grupo está funcionando de una manera eclesial, aunque no sea eclesiástica. Al mismo tiempo, determinados grupos carismáticos muy libres, muy desvinculados en cuanto a jerarquía o estructura, están llegando a buscar un ministerio que tenga raíces históricas: presbíteros y obispos válidamente ordenados que les presidan.

-¿Existen congregaciones pluriconfesionales en el mundo?
-Las hay, pero no con una orientación estrictamente ecuménica, es decir, de búsqueda de la unidad. Hay proyectos comunes donde las diferencias doctrinales, históricas y de tradición eclesial, se dejan al margen en función del servicio. O del estudio bíblico, como decía antes.

-¿Cuál es el cristianismo con el que sueña Mariano Perrón?
-Si soy sincero, no soñaría, ni siquiera, con el cristianismo del Nuevo Testamento. Si leemos en los Hechos de los Apóstoles que "todos tenían un mismo corazón", y de pronto nos encontramos una finca en la que uno se queda a parte; o si leemos las palabras de Pablo, cuando habla tan maravillosamente del amor a los de Corinto, pero resulta que luego en Corinto el que llega más pronto se lo come antes, y los que llegan tarde ahí se quedan; o la carta tremendamente cercana a lo social (en términos modernos) de Santiago, en la que habla de las divisiones de la comunidad entre ricos y pobres... ni siquiera en la misma Iglesia inicial se puede decir que haya un testimonio común. Por eso, yo aspiraría a un cristianismo de testimonio muy personal. Me refiero a grupos pequeños, porque nadie puede vivir una fe aisladamente. Estamos llamados a vivirla en comunidad, en sociedad. En todos los sentidos. Pero la importancia que puede haber en pertenecer a una historia y a una tradición es también vital: yo no puedo sentirme ciudadano del mundo. Me crié en España y tengo una serie de condicionantes. Pertenezco a la Iglesia Católica, y a lo que puedo aspirar es que ésta esté cada vez más cerca de un proyecto evangélico, no tan condicionado. Eso aún es inexistente. Utópico.

-¿Utópico, pero realizable?
-Poniendo unos límites de racionalidad, a lo que podemos llegar es a encontrarnos entre nosotros como cristianos que creen en un mismo Salvador, un mismo Mesías, una misma fe y una misma Salvación que los medios de este mundo no nos pueden ofrecer. Yo creo que esto sería más que suficiente. A lo mejor no podemos llegar a compartir el pan eucarístico, pero si podemos sentarnos alrededor de otra mesa, a compartir una eucaristía "laica", podremos compartir otra serie de cosas. La vida es mucho más amplia que una celebración litúrgica. La vida misma puede ser liturgia, ella por sí sola.

-¿Es complicado participar en las reuniones de otras confesiones? ¿Se sabe? ¿Se debe?
-Por parte católica, salvo en casos muy excepcionales, las trabas del directorio ecuménico son las mismas. Con las iglesias ortodoxas hay una mano más amplia, pero por eso mismo se puso en cuestión la validez de la ordenación de los ministros de esas iglesias. Ahora mismo, a los anglicanos que han pasado a la Iglesia católica no se les ha ordenado bajo condición de presbítero o diácono... se les ha vuelto a ordenar, taxativamente. De los pies a la cabeza. Una ordenación completa, "desde cero". En ese sentido, es difícil. Ortodoxamente, o mejor dicho, ortopédicamente, la intercomunión sigue siendo, desde una perspectiva católico-romana, un tabú. Salvo en contadísimas excepciones.

-¿Los obispos españoles se creen el diálogo ecuménico?
-... No lo sé, pero confío en que sí. Si están ordenados por el rito de la Iglesia Católica, se supone que aceptan el Vaticano II, donde hay un decreto de ecumenismo, que habrán leído y estudiado en los seminarios y facultades de teología. Por tanto, sabrán que forma parte d ela fe católica, que es un documento conciliar.

-¿Qué falta entonces en España para dar pasos hacia el ecumenismo?
-Falta un hecho real: la experiencia de la interconfesionalidad. Ya hay familias luteranas viviendo en el mismo bloque con familias católicas y también musulmanas, pero en España no hay perspectivas de pluralismo religioso como en Inglaterra, Estados Unidos o Alemania. Yo también viví como católico en Suecia, donde éramos una minoría, en esa época, del 5%. He tenido la experiencia de vivir en un país donde hasta los años 70 había discriminación contra el católico, incluso civil. Pero no se sentía uno tan perseguido como se han sentido los evangélicos aquí en España. Todavía queda un tremendo resquemor por haber sido discriminados. Todos esos elementos desempeñan un papel muy importante. Lo primero es que la gente tome conciencia de que hay españoles no católicos. Que lo de ser anglicano o protestantes no es sólo cosa de extranjeros y turistas.

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La asignatura de religión en la escuela

La asignatura de religión en la escuela

La asignatura de religión en la escuela

José Mª del Castillo

20.01.12 | 11:36. Archivado en Iglesia católica

Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre este asunto. No pretendo aquí prolongar un debate que, según creo, va para largo. En todo caso, y sea cual sea la opinión que cada uno tenga sobre el tema, lo que a todos nos vendría bien sería pensar - al menos pensar - en los resultados que está dando la enseñanza oficial de la religión en la escuela y, en general, en los planes de estudio.
Digo esto porque, según creo, somos muchos los ciudadanos que palpamos dos hechos que están a la vista de todo el mundo. El primer hecho es que la gran mayoría de los jóvenes de nuestro país pasan por varios años de clase de religión. Una asignatura en la que los obispos son los responsables de poner y quitar a los profesores, de aprobar o rechazar los libros de texto, de vigilar lo que se enseña y cómo se enseña en cada centro, de controlar hasta el comportamiento público y privado de los docentes. El segundo hecho es que, según los estudios sociológicos más fiables que se han hecho hasta el día de hoy, una notable mayoría de jóvenes españoles se muestra distante de la religión, alejado de ella, ausente de la práctica religiosa y - lo que es más significativo - estas generaciones juveniles (al menos, hasta los que cuenta unos cuarenta años) muestran un desinterés casi total por cuanto se refiere a los temas de la religión, la Iglesia, la teología y todo cuanto se relaciona con esas cosas y esos conceptos. Es verdad que hay grupos muy concretos y minoritarios que frecuentan las reuniones de colectivos, de marcada orientación integrista y conservadora (Opus Dei, Quicos, Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo...), pero incluso en estos grupos se empiezan a advertir signos de cansancio. En cualquier caso, estos grupos son minoritarios en el conjunto de la población. Cosa que no contradicen las masivas concentraciones de la JMJ, como la del pasado agosto en Madrid. Porque es bien sabido que a esa magna concentración acudieron jóvenes de medio mundo.
Pues bien, estando así las cosas, a cualquiera se le ocurren algunas preguntas que son inevitables: ¿qué pasa con la asignatura de religión? ¿tan inútiles son los profesores que la enseñan? ¿tan rematadamente malos son los libros de texto que se usan para enseñarla? ¿cómo se explica que los chicos aprendan enseguida matemáticas, inglés o informática, por poner algunos ejemplos, al tiempo que la religión ni les interesa, ni les cuestiona, ni les resuelve gran cosa?
Como es lógico, este asunto ha preocupado seriamente a instituciones docentes, que se sienten responsables de lo que está pasando con lo de la religión en la enseñanza. Y los análisis más serios, que se han hecho hasta ahora, han dado un resultado que parece sólidamente demostrado: los niños y adolescentes asimilan los contenidos de la asignatura de religión hasta los doce o (a los sumo) los trece años. A partir de esa edad, desenganchan su mente de las ideas religiosas y del lenguaje religioso, de forma que, en adelante, toda esa temática y sus contenidos no les vuelve a interesar. No es que estén en contra de Dios o de los curas. No están ni a favor, ni en contra. Se trata de otra cosa. Se trata de que todo eso no les interesa en absoluto. Porque a nada de eso le ven utilidad, ni interés, ni nada de eso les aporta solución a lo que a ellos les interesa, les preocupa, les ilusiona o simplemente les llama la atención. A partir de ese momento, los profesores se desesperan en las clases simplemente para que, por lo menos, los alumnos atiendan a lo que allí se dice. Y no faltan los docentes que se las apañan como pueden para decir cosas que puedan interesar a los chicos. Pero la pura verdad es que, en las clases son muchos los que tiran como pueden, a sabiendas de que, a lo que pueden aspirar, es a dos cosas: hacer la clase lo menos desagradable posible y en la clase no decir nada que dé pie para que del obispado les llamen la atención o, lo que sería peor, les pueda costar el puesto de trabajo.
Así las cosas, mi pregunta es: ¿por qué no se afronta este problema en serio? Y ante esta pregunta, la propuesta que hago es muy clara: mi convicción es que el la raíz del problema está en los contenidos que se enseñan. En otras palabras: el problema está en la teología subyacente al catecismo. La teología, que se enseña y se aprende en los seminarios, no responde ya ni a las necesidades religiosas de la gran mayoría de la gente, ni se trasmite en un lenguaje que a la gente (sobre todo a las generaciones jóvenes) le pueda interesar y pueda entender. Mientras esto no se afronte y se resuelva, estaremos dando palos de ciego. O seguiremos resignadamente aferrados a unas seguridades de antaño que no van a servir para tranquilizar nuestras conciencias. Y, menos aún, para maquillar nuestro fracaso como trasmisores de la correcta relación de los seres humanos con Dios.

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"Dios mío, ¿dónde estás? No me oyes para remedio de tus pobres"

"Dios mío, ¿dónde estás? No me oyes para remedio de tus pobres"

Homenaje a Gustavo Gutiérrez

"Dios mío, ¿dónde estás? No me oyes para remedio de tus pobres"

"No hay salvación sin trabajo por la liberación"

José Ignacio González Faus, 15 de enero de 2012 a las 19:43

(José Ignacio González Faus).- Sin muchos preámbulos quisiera, en este homenaje, señalar cuatro rasgos que pueden resumir la aportación teológica de Gustavo Gutiérrez. El primer rasgo es haber planteado desde el principio el problema de las relaciones entre liberación histórica y salvación ultrahistórica.

Un cristianismo desfigurado había reducido la fe a una esperanza en el más allá, donde el más-acá de nuestra historia sólo servía para merecer o comprar el billete de ese más allá.

Sin muchos preámbulos quisiera, en este homenaje, señalar cuatro rasgos que pueden resumir la aportación teológica de Gustavo Gutiérrez.

1.- No hay salvación sin trabajo por la liberación.

El primer rasgo es haber planteado desde el principio el problema de las relaciones entre liberación histórica y salvación ultrahistórica.

Un cristianismo desfigurado había reducido la fe a una esperanza en el más allá, donde el más-acá de nuestra historia sólo servía para merecer o comprar el billete de ese más allá. Semejante cristianismo chocaba con la pregunta central de Gustavo: “¿cómo hablar de un Dios Padre a aquél que ni siquiera es hombre?”, volviendo casi imposible la evangelización de los pobres que es distintivo de la misión de Jesús (Mt 11,5; Lc 4,18). Y además, desfiguraba y desvalorizaba la Resurrección de Jesús cuya enseñanza es que la salvación escatológica ha de ir gestándose y anticipándose ya en esta historia.

De este tema que Gustavo planteó ya en su primera Teología de la liberación, brotó después el lema tan extendido en una América Latina asolada por la injusticia: “sin in-surrección no hay re-surrección”.

2.- De “la fuerza histórica de los pobres” a “Los pobres de Jesucristo”

La primera expresión es título de otra de las obras primerizas de Gustavo. La constatación de una fuerza histórica de los pobres podía ser un dato de la situación de aquellas horas. Pero es evidente que esa fuerza histórica se desvaneció poco después por la reacción del imperio del dios Dinero. Gustavo pasó entonces a hablar de “los pobres de Jesucristo” en el título de su espléndida obra (quizás la mejor) sobre Bartolomé de Las Casas. La fuerza teológica de los pobres compensó su pérdida de fuerza histórica.

Con ello se dio relieve a otra de las tesis más decisivas de la teología de la liberación: que el problema de los pobres y la eliminación de la pobreza no es meramente un problema ético: es primariamente una cuestión cristológica y por tanto también un asunto teologal en el que nos jugamos la verdad de Dios o la idolatría. Por eso, cuando más tarde aprovechando la caída del Este, se lanzó la pregunta capciosa de qué queda de la teología de la liberación, el obispo Casaldáliga pudo responder sencillamente: quedan los pobres y queda el Dios de los pobres. O sea: queda todo.

En este punto quizá se estudie algún día la influencia de Guamán Poma en algunas formulaciones de Gustavo. Sospecho que el estudio valdría la pena. Yo me limito a sugerir una comparación entre dos canciones “de iglesia”: a) el himno final de la misa salvadoreña canta: “cuando el pobre crea en el pobre… construiremos la fraternidad” y podremos cantar libertad etc. b) En cambio, otra conocida canción de la época (“Pequeñas aclaraciones”), parte de un presupuesto similar (cuando el pobre nada tiene y aún reparte, cuando un hombre pasa sed y agua nos da…), pero no deduce de ahí ningún pronóstico histórico sino un juicio teológico: no se dice que entonces construiremos nada sino que “va Dios mismo en nuestro mismo caminar”. Con ello, otra vez, la teología y la praxis de la liberación se convierten en experiencia espiritual.

Esa es la fuerza teológica de los pobres. Y ya que hemos citado a Las Casas, completemos diciendo que el gran dominico no sólo es ejemplo por su defensa profética de los derechos de los oprimidos (y más si son oprimidos en nombre de Dios), sino también por su concepción de la evangelización (ésta sí que verdaderamente “nueva”): porque “Cristo concedió a los apóstoles solamente la licencia y autoridad de predicar el evangelio a los que quieran oírlo; pero no la de forzar o inferir alguna molestia o desagrado a los que no quisieran escucharlo”. Y, a su vez, “la Iglesia no tiene más poder en la tierra que el que tuvo Cristo”,

3.- “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente”

Esa fuerza teológica de los pobres se despliega en el título de la obra quizás más conocida de Gustavo. Se trata de un breve comentario al libro de Job, que evoca el espléndido verso de César Vallejo (“Dios mío estoy llorando el ser que vivo”), gran poeta peruano muy citado en esta obra. Gustavo pone de relieve cómo toda teología que pretenda hablar y especular sobre Dios al margen del dolor de este mundo (sobre todo del dolor injusto) se convierte en un lenguaje comparable al de los amigos de Job, “consoladores inoportunos” e intachables “ortodoxos” de un dios falso, al que creen poder defender a costa del sufrimiento de su amigo.

Pero con ello no hacen más que ofender a Dios, hablar falsamente de Él y convertir su presunta ortodoxia en una blasfemia, hasta verse desautorizados por el mismo Dios al final del libro. En cambio Job, protestando contra la injusticia que se comete contra él, es un testigo más veraz de Dios que todos los que “se acostumbran” a esa injusticia. Esa injusticia le ayudará a salir de sí y de su dolor ante el drama del sufrimiento injusto del mundo, a comprender que no hay nada que justifique el dolor injusto de un ser humano.

Con delicadeza y buenas palabras, creo que pocas veces se ha dado un aviso tan serio a toda esa teología meramente académica que se está queriendo revitalizar entre nosotros a raíz de la involución eclesial y que, so capa de ortodoxia, está elaborando una idolatría o una reflexión sobre un dios falso. Y deja planteado a la Iglesia el más decisivo de todos sus problemas: el de la identidad de Dios, deformada tantas veces por los creyentes y causa (según Vaticano II) de buena parte del ateísmo moderno.

Conocer a Jesús es seguir a Jesús han dicho con frecuencia los teólogos latinoamericanos. Y hablar de Dios implica un “practicar a Dios” según expresión de Gustavo. Job es llevado a una experiencia de gratuidad que le deja desconcertado ante su propio dolor, pero le mueve proféticamente a trabajar contra todo el dolor del mundo. Teología y santidad (como la justicia y la paz) se besan para Gustavo.

4.- Fidelidad eclesial.

Por desgracia, como no podía ser menos, Gustavo se vio denostado y perseguido por una curia romana cada vez más ciega y que pretende articular en todo el episcopado mundial una confirmación de su ceguera. No ha sido el único en nuestro hoy ni en nuestro ayer: ciñéndonos al ámbito hispanohablante ¿habrá que evocar que santos y doctores de la Iglesia, como Juan de Ávila, Teresa de Jesús, Luis de Granada o el arzobispo Carranza, vieron puestas en el Índice de libros prohibidos algunas de sus obras y soportaron dificultades con la inquisición?.

Pero lo que aquí merece ser destacado es la fidelidad y ejemplaridad de la reacción de Gustavo, en medio de dolores absurdos que sólo él conoce. He evocado otras veces cómo en Madrid, en un congreso de teología, ante preguntas capciosas que pretendían plantearle una opción entre la Iglesia y los pobres, Gustavo se negó a aceptar el dilema y confesó que él amaba a esta iglesia pecadora “con un amor de antes de la guerra”.

Buen punto de referencia para muchos que hoy han compartido su mismo destino crucificado. Y buena lección histórica sobre la fecundidad del seguimiento crucificado de Jesús de Nazaret, que confirma lo que ocurrió con Lagrange, Rahner, Congar, De Lubac… y otros mártires de la teología del preconcilio Vaticano II, reivindicados luego en el concilio.

Las peripecias y los vericuetos de esa fidelidad (que necesitó también la astucia de las serpientes sin perder la sencillez de las palomas) no son para ser evocados aquí y son suficientemente conocidos. Sólo una palabra de gratitud para los hijos de Santo Domingo que salvaron para la Iglesia esta pequeña joya y permitieron a Gustavo convertirse en hermano de su querido Bartolomé de Las Casas.

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'Nuevas cartas provocadoras al Papa'

'Nuevas cartas provocadoras al Papa'

 

 

Antonio Aradillas publica una nueva obra en Visión

'Nuevas cartas provocadoras al Papa'

El cura-bloguero de RD aborda los temas eclesiales más candentes

Antonio Aradillas, 16 de enero de 2012 a las 09:29

(Antonio Aradillas).- La palabra "provocación" tiene en el Diccionario de la Real Academia Española, diversas acepciones. La primera de ellas está redactada literalmente de esta manera: "incitar, inducir a alguien a que ejecute algo". Otra acepción que tiene la misma palabra es la siguiente: "irritar o estimular a alguien con palabras u obras para que se enoje". Huelga decir que mi intención al adjetivar estas 'Nuevas cartas provocadoras al Papa' se ajusta a la perfección, con honradez semántica, con piedad y sentido jerárquico, a la primera de las acepciones, excluyendo y rechazando cualquier otro sentido que, de una o de otra manera, aun la más coloquial, alguien decidiera imputarle.

Ofrecemos a continuación, extractado, el capítulo dedicado a este tema de "la salvación de los gays".

"Del eclesiástico oficiante Mons. René Robinson, obispo de la Iglesia Episcopaliana que participó en la "coronación" de Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, se sabe que es considerado públicamente como el primer obispo "gay", que fue consagrado el año 2003, nacido en Kentucky en el seno de una familia blanca y pobre. Al ser consagrado obispo manifestó haber pedido a Dios "llegar a ser un buen obispo, no un obispo "gay". En una de sus primeras declaraciones manifestó con contundencia: "Dios no se equivoca nunca: la Iglesia como institución humana es la que se equivoca, pero siempre puede corregir su error. Creo de corazón que se ha equivocado en la cuestión de la homosexualidad".

Y nosotros, en esta recopilación de cartas dirigidas al Papa, con devoción y santa preocupación le dirigimos el siguiente puñado de interrogantes, dando por supuesto que en el fondo, esencialmente y en conformidad con la voluntad de Cristo Jesús, es una sola la Iglesia, aunque sus representantes sean diversos en el tiempo y en el espacio.

¿Pero pueden o no pertenecer como miembros vivos y activos los homosexuales a la Iglesia? ¿Pueden, por tanto, llegar a pertenecer a su jerarquía en su variedad de grados y órdenes sagradas? ¿Es o no es, en definitiva y de por sí, inmoral la condición y ejercicio de homosexuales de determinadas personas? ¿Habrán de ser y estar condenados en esta vida, y también en la otra?

Tal y como hemos sido adoctrinados los católicos en relación con la moral sexual, ¿es lícito y válido aseverar que tal moral es la única y verdadera, y además inmutable e inquebrantable? ¿Es que a tales personas se las tendrá que denominar y tratar siempre como "pecadoras", relegadas de los beneficios sobrenaturales de los que es portadora sacramental la Iglesia, que precisamente fue fundada por Cristo Jesús para salvarnos a todos?

¿Tienen fundamento y vigencia también para los católicos las palabras citadas del primer obispo "gay" de que "Dios no se equivoca nunca, pero la Iglesia, como institución humana que es también, es la que se equivoca, pero siempre puede corregir su error"? ¿Este pensamiento es una blasfemia, o es una aseveración de carácter teológico, hasta con visos de jaculatoria? ¿Es asimismo otra blasfemia el aserto del obispo de que "creo de corazón que la Iglesia se equivoca en la cuestión de la homosexualidad"?

¿Se descarta la posibilidad de que en la Iglesia entonen el "mea culpa" los inspiradores y mantenedores de sus normas y comportamientos ético- morales en esta esfera de la sexualidad, con arrepentimientos y nuevas conductas inherentes a toda petición de perdón y confesión, y más si esta es sacramental? ¿Pensaron fraternalmente los hombres de la Iglesia en los dramas humanos y divinos que tuvieron y tienen que asumir y protagonizar multitud de cristianos homosexuales, por el hecho de su propia condición, en cuyo origen y proceso no tuvieron "ni arte ni parte, y ni siquiera tiempo y ocasión para investigarlo?

No pocas personas -ellos y ellas- que viven en esta situación en la sociedad, pero mucho más en la Iglesia, aprovechan la publicación y difusión de la noticia del primer obispo oficialmente reconocido como "gay", para invocarle al Papa que, como jerarca supremo de la Iglesia, revise sus pautas morales a la luz de la teología más pura y exigente, pero en igualad de condiciones que a la luz de las ciencias antropológicas comprometidas en el tema.

En esta misma oportunidad levantan con idéntico, y aún mayor, énfasis la voz también los sacerdotes y obispos de la Iglesia católica, a la espera de beneficiarse de la piedad evangélica y salvadora de la renovación de la doctrina, algunos de ellos no solo por sí mismos, sino para los fieles, cuyo cuidado y atención pastorales lee encomendaron su vocación sagrada y el Código de Derecho Canónico por los cauces ordinarios o extraordinarios ".

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