Opiniones, reflexiones sobre valores morales/contenidos eticos

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Profesión de fe de una comunidad cristiana popular

Profesión de fe de una comunidad cristiana popular

Profesión de fe de una comunidad cristiana popular 

Comunidad Cristiana Popular de Torrero III – Zaragoza

 Actualidad de Redes Cristianas

Somos cristianos católicos por casualidad, porque hemos nacido en esta parte del mundo. Sentimos que todos, cada uno desde su creencia, estamos llamados a la superación personal y como grupo, como Humanidad. Nos sentimos parte de este planeta, asediado por la crisis climática, la energética, la alimentaria y otras más, que llena de desolación nuestra Casa Común.

Nuestra fe se sustenta en las siguientes afirmaciones:

Creemos en el Dios de Jesús, en el Dios cuya esencia es el Amor

Creemos que Jesús de Nazaret es la manera humana de cómo Dios se hace visible, estando cerca de los que sufren, optando por los pobres, amando sin límites, trabajando por la Justicia y la Paz, viviendo con coherencia y en libertad.

Nos apasiona la propuesta de ese Jesús, el Reino de Dios, como proyecto utópico para toda la Humanidad y a ello nos sentimos llamados.

Sentimos que el mensaje del Evangelio sigue estando vigente para nuestros días, pero que hemos de darlo a conocer con un lenguaje distinto, adaptado a la modernidad y superando de una vez por todas el lenguaje y las formas medievales.

Nos sentimos Iglesia con todos los grupos y personas que viven en esta tensión de ser cristianos hoy con un estilo nuevo, como cristianos “mayores de edad”, buscando lenguajes y formas nuevas de expresar la fe y comprometiéndose con la tarea del Reino. Por eso creemos que nos enriquece compartir momentos de encuentro, reflexión y oración con grupos y movimientos cristianos como las CCPs, Redes Cristianas y Cristianas y Cristianos Hoy. Nos sentimos poco representados por la Jerarquía de la Iglesia católica, la cual sigue aferrada al poder, a la moral trasnochada y a defender a ultranza la Tradición sin evolucionar con el pensamiento humano ni con la sociedad actual.

También nos sentimos compañeros de camino con todas las personas, creyentes o no, que trabajan por el Ser Humano, por su dignidad, por la cultura de la no violencia y el respeto a toda forma de vida, por una cultura de la solidaridad y un orden económico justo, por una cultura de la tolerancia y la vida veraz, por una cultura de la igualdad y la colaboración entre el hombre y la mujer.

Creemos que los Derechos Humanos y la Democracia son logros a defender y a propiciar en nuestras sociedades y también en la Iglesia.

Reconocemos que las mujeres han estado sometidas a los hombres desde siempre y que hemos de seguir reivindicando la igualdad de derechos y oportunidades en todos los ámbitos, incluido el eclesial.

Creemos en el compromiso político, sindical, asociativo, y social como medio necesario para transformar nuestra realidad, nuestro mundo y hacer avanzar a las sociedades. Nos sentimos más cercanos a la ideología política de izquierda, aunque reconocemos que todos los discursos políticos han cometido excesos en un momento u otro de la historia de la Humanidad. Pensamos que el actual caos económico-financiero está causado por la avidez del sistema capitalista basado en la explotación sin límites del planeta, en la producción sin límites y en el consumo sin límites, ideas todas ellas inviables.

Creemos también que nuestro trabajo como padres y madres para educar a nuestros hijos y que nuestra responsabilidad en el trabajo profesional bien hecho aportan nuestro grano de arena en la construcción de un mundo mejor.

Manifestamos que vivir la fe en comunidad nos ayuda a vivir y trabajar en esta línea y por ello nos sentimos privilegiados. Nuestra vida comunitaria viene marcada por el compartir y revisar los proyectos de vida, formarnos y reflexionar sobre temas sociales y de fe, la Revisión de Vida como medio para ir mejorando como personas e instarnos al compromiso, la oración y la eucaristía comunitaria, y por la convivencia familiar y lúdica.

Nos sentimos incómodos en las celebraciones religiosas tradicionales cargadas de sentido “cultual” y alejadas de las formas y pensamiento actuales. Preferimos unas celebraciones más espontáneas y participativas, con nuevas formas litúrgicas y donde no haya nadie que diga lo que tiene que hacer el resto.

Respetamos a los cristianos que no piensan como nosotros y pedimos el mismo respeto, sin excomuniones ni silenciamientos. Sentimos que estamos llamados a entendernos, al igual que con el resto de creyentes de otras religiones, a propiciar el diálogo interreligioso.

Sentimos que lo que podemos seguir compartiendo con el resto de CCPs es la reflexión conjunta, la interpelación mutua, las celebraciones a nuestro estilo y dar a conocer nuestra manera de vivir la fe.

Mayo de 2012.

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Jesús, indignado con el patriarcado. Juan José Tamayo, teólogo

Jesús, indignado con el patriarcado. Juan José Tamayo, teólogo

Indignado con el patriarcado

Juan José Tamayo, teólogo

Jesús mostró su indignación de manera especial con la sociedad y la religión patriarcales de su tiempo. El cristianismo histórico ha mantenido oculta esa actitud durante muchos siglos, ya que las iglesias cristianas se han configurado patriarcalmente y necesitaban legitimar dicha configuración a través de una imagen igualmente patriarcal del propio Jesús, de su mensaje y su práctica.

Tampoco la exégesis y la teología fueron capaces de descubrir esa indignación, ya que han operado hasta muy recientemente con métodos histórico-críticos androcéntricos, que resultaban patriarcales en la comprensión de la realidad, en la traducción e interpretación de los textos y en las imágenes que ofrecían de Jesús en la predicación, la catequesis, los tratados
de teología y los libros de piedad.

Hoy, gracias sobre todo a la hermenéutica y a la teología feministas
de la sospecha y a los estudios de antropología cultural y de sociología del Nuevo Testamento, del cristianismo primitivo y del
Jesús histórico, se está poniendo de manifiesto la centralidad de la indignación de Jesús contra el patriarcado religioso, político, social y jurídico de su tiempo.

Jesús reconoce a las mujeres la dignidad que el judaísmo ortodoxo les negaba en todos los órdenes. Pone en cuestión las leyes penales
que condenaban con más severidad a las mujeres que a los varones, como la lapidación por adulterio y el libelo de repudio. En la escena
evangélica de la mujer adúltera hay dos elementos a tener en cuenta en la conducta de Jesús: a) echa en cara a los acusadores su doble
moral; b) perdona a la mujer, eximiéndola del castigo que le imponía la ley.

Valora muy positivamente el gesto generoso de la mujer que se presenta en casa del fariseo Simón, donde estaba Jesús comiendo,
y derrama sobre él un frasco de perfume, lo que demuestra cercanía, e incluso ternura, hacia Jesús y reconocimiento simbólico de su mesianidad. En otra ocasión Jesús osa afirmar, con harto escándalo para las autoridades religiosas, que las prostitutas, los pecadores y
los publicanos precederán en el reino de los cielos a los fieles cumplidores de la ley.

Tal modo de actuar entra en confl icto con la rigidez de los guardianes de la ley.
Pone en marcha un movimiento igualitario de hombres y de mujeres, donde el sexo no es motivo de discriminación ni de reconocimiento
especial en el movimiento de Jesús.

El elemento común a unos y otras dentro del grupo es el seguimiento del Maestro, que exige: compartir su estilo de vida pobre, acoger su
enseñanza y anunciar el reino de Dios como buena noticia a las personas pobres y marginadas.

Así lo pone de manifi esto un texto de Lucas que ha pasado desapercibido durante mucho tiempo: Lc 8, 1-3. Jesús reconoce a las
mujeres la dignidad y la ciudadanía que les negaban la religión, la sociedad y el Imperio romano. La actitud integradora e inclusiva de
Jesús provocó necesariamente confl icto, constituyó un desafío a las estructuras patriarcales del judaísmo y a su discurso androcéntrico, e implicaba un cambio revolucionario no solo en el terreno religioso, también en el político y el social.

Las mujeres jugaron un papel determinante en la expansión del movimiento de Jesús fuera de las fronteras de Israel. Así parecen
indicarlo dos relatos evangélicos pertenecientes a dos tradiciones diferentes: el de la Samaritana, difusora de la Buena Noticia de Jesús en medio de un pueblo heterodoxo a los ojos de los judíos (Jn 4), y el de la Sirofenicia, mujer pagana que pide a Jesús la curación de su hija, poseída por un espíritu inmundo (Mc 7, 24-
30; Mt 15, 21-28) y consigue vencer sus iniciales resistencias, hasta convertirlo a la concepción universalista de la salvación.

Pero donde se rompen todos los esquemas patriarcales de la sociedad y la religión judías es en los relatos de la Resurrección.
Las mujeres, cuyo testimonio carecía de todo valor en los juicios porque se las consideraba mendaces por naturaleza, aparecen como las
primeras testigos del Resucitado. Los Doce aparecen como testigos indirectos que acceden al conocimiento de la resurrección a través
de las mujeres. La actitud de aquellos ante el testimonio de las mujeres concuerda con el comportamiento adoptado durante el proceso
de Jesús: si entonces huyeron, ahora se muestran reticentes y desconcertados.

Como judíos misóginos, no creen a las mujeres.
Tal fue el empoderamiento que dio a las mujeres la experiencia de la Resurrección que Pablo las excluyó de la lista de las apariciones,
sustituyéndolas por los Doce y a María Magdalena por Pedro (1 Cor 15, 3-8). Pero ello no fue óbice para que el mismo Pablo reconociera la igualdad entre los hombres y las mujeres (Gálatas 3,26-28) y para que estas tuvieran responsabilidades directivas en las comunidades paulinas.

Coincido con Suzanne Tunc: “¡Ellas (las mujeres) son el eslabón
indispensable de la transmisión del mensaje evangélico, e incluso el eslabón esencial para nuestra fe en Cristo resucitado”. Y voy más
allá todavía: sin el testimonio y la experiencia de la Resurrección por parte de las mujeres, no hubiera nacido la Iglesia cristiana.

Ellas se encuentran en los orígenes y en el primer desarrollo del cristianismo. Después sufrieron una marginación que dura hasta hoy, sin visos de cambio, al menos institucionalmente.
En las bases, sí hay cambios, que han dado lugar al nacimiento de la teología feminista.

(Información publicada en el periódico Escuela Nº 3946 del 24/5/2012)

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El dolor de la Iglesia

El dolor de la Iglesia

El dolor de la Iglesia

José María Castillo, teólogo

Teología sin censura

Escribo esta breve reflexión el día de san José. Hoy se celebra en la Iglesia el “Día del Seminario”, el día de las vocaciones sacerdotales. Y esto precisamente es lo que me lleva a pensar en el dolor de la Iglesia. Pienso en la Iglesia como lo hace el concilio Vaticano II: “el conjunto de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación” (LG 9, 3). Cuando se piensa así en la Iglesia, resulta inevitable sentir el dolor de esta Iglesia, que se ve cada día más desamparada, más desprotegida y me temo que, también cada día, más desorientada.

Digo estas cosas porque, en las últimas semanas, en pocos días, han fallecido cinco sacerdotes, amigos de toda la vida, que han dedicado su larga vida a trabajar por el bien de la Iglesia y por el bien de todos aquellos a los que la Iglesia ayuda y quiere seguir ayudando. Como es lógico, mi dolor tiene su razón de ser más inmediata en el vacío que dejan los amigos que se nos van para siempre. Pero, más allá de eso, es el dolor del que ve a esta Iglesia tan desamparada. ¿Por qué? Por dos razones, que explico lo más brevemente que me es posible.

La primera razón está a la vista de todo el mundo: cada día hay menos sacerdotes; y los que van quedando, cada día son más ancianos, con sus lógicas e inevitables limitaciones. Y mientras tanto, los seminarios medio vacíos, algunos casi vacíos y no pocos se han cerrado. A la casi totalidad de los jóvenes, ni ofreciéndoles un puesto de trabajo seguro y un sueldo (sobrio) seguro, no les interesa este trabajo. Si es que se puede decir que tiene “vocación” un individuo que se mete a cura por ganar dinero y por tener un trabajo fijo.

Así las cosas, aumenta de día en día el número de pueblos sin párroco, el número de parroquias sin misa, sin sacramentos, sin catequesis… Además, una situación como ésta no se arregla en un año. Ni en varios años. La Iglesia se ha metido en un fangal del que no sabemos ni cuándo, ni cómo podrá salir.

La segunda razón de mi dolor es que esta situación se tenía, y se podía, haber resuelto hace mucho tiempo. Jesús no instituyó el sacerdocio. Ni en los primeros tiempos de la Iglesia hubo en ella sacerdotes. Había “ministerios”, que tenían un carácter meramente organizativo y administrativo. Y que variaban de unas comunidades a otras. Cada “iglesia” tenía libertad para organizarse como creía que era más conveniente, según las circunstancias y necesidades de cada lugar. Por tanto, no había ninguna necesidad de organizar todo este montaje del clero y de los sacerdotes como administradores de los sacramentos.

¿No podría la Iglesia repensar este estado de cosas muy en serio y tomar decisiones audaces? No hay ninguna cuestión de fe que lo impida. Es un asunto meramente organizativo. Si hubo un tiempo en que la Iglesia funcionó sin clero, ¿por qué no podría hacerlo hoy? Yo tengo la convicción de que el tiempo del clero y de los sacerdotes se está acabando. Pienso, por tanto, que la Iglesia tiene que organizarse de otra manera. Y es evidente que, cuanto antes lo haga, será ganar tiempo. Se podría pensar, como pasos intermedios, en el sacerdocio de las mujeres o de los curas casados.

Pero yo creo que, si se piensa con amplitud de miras, todo eso son parches que no van al fondo del problema. Para bien de la Iglesia misma. Y de todos aquellos a los que la Iglesia puede prestar algo de ayuda y ofrecerles una esperanza que tanto necesitamos, vamos a tomar en serio, muy en serio y sin miedo, la forma de salir, cuanto antes, de este estancamiento que no lleva a ninguna parte.

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La iglesia y los dineros Joxe Arregi, teólogo

La iglesia y los dineros Joxe Arregi, teólogo

CUANDO digo “iglesia”, no me refiero a la “Iglesia” propiamente dicha: la gran comunidad de Jesús, discípulas y discípulos, hermanas y hermanos de Jesús que miran y aman el mundo con los ojos de Jesús, que disfrutan de la Vida y sienten compasión con las entrañas de Jesús. Santa Iglesia de Jesús sin límites de catecismos ni pretensiones de verdad ni monopolios de virtud. No. Cuando aquí digo “iglesia”, me refiero a la institución, la jerarquía, el aparato eclesiástico: “iglesia” con minúscula.

¿Qué le pasa a la iglesia con el dinero? Pues le pasa exactamente lo mismo que nos pasa a casi todos: codicia, avaricia y dependencia. Pero si es así, y todo indica que es así, está de sobra Jesús, el Evangelio está de más, y harían bien los obispos en apearse de todo ese montaje, o en renunciar a llamarlo “Iglesia” y en dejar de tomar el nombre de Dios en vano. Cuando lo más sagrado se mezclan con los dineros (o con el poder), la religión se convierte en sacrilegio.

No vengo a denunciar la riqueza del clero. El clero no es rico, no lo es al menos por el sueldo que cobra ni por los ahorros de sus cuentas. El clero es más bien pobre y en general es muy austero (por lo demás, entre los curas que conozco, nadie se hizo cura para “tener un trabajo fijo” -¡qué mal gusto, por Dios, y qué despropósito!- , como dice este año la publicidad del día del Seminario que se celebra mañana, día de San José; un seminario que necesita de tal marketing me parece a mí una mala empresa, además de un muy mal seminario). Hasta los obispos son en general pobres y austeros.

Pero el hecho es que la iglesia (en minúscula: la institución eclesiástica, incluyendo en ella las numerosas congregaciones y órdenes religiosas) es propietaria de inmensas riquezas, en particular inmuebles. ¿De quién son esas riquezas y para quién? ¿De quién acabarán siendo esas innumerables propiedades de la iglesia: templos, ermitas, casas (parroquiales o no), fincas, parcelas, monasterios, conventos, monumentos, colegios, clínicas, hoteles y casas de espiritualidad (o lo primero bajo nombre de lo segundo)?

La iglesia católica es, como se sabe, una de las mayores propietarias inmobiliarias de este país. En tiempos pasados, y de buena o de mala gana, una sociedad enteramente católica puso todos esos bienes en manos de las instituciones eclesiásticas o religiosas. Sea. Eran otros tiempos. Pero hoy, en una sociedad donde los católicos ya son franca minoría y disminuyen sin cesar, ¿es justo que la iglesia católica siga gozando de tantas propiedades y en condiciones tan ventajosas? No pregunto si esta situación es evangélica, a saber, si responde al Espíritu de Jesús. Huelga la pregunta, de tan evidente que es la respuesta. Pregunto si esta situación es justa, si es éticamente admisible. Me parece que no lo es.

La iglesia católica, como también se sabe, está exenta del impuesto sobre bienes inmuebles (IBI). Justamente, acaba de plantearse en el Congreso español la exigencia de que la iglesia española pague el IBI, como parece que va tener que hacerlo la poderosa iglesia italiana. (Dicho sea de paso: ¡qué casualidad que al Partido Socialista se le haya ocurrido justamente ahora que no gobierna una exigencia que estuvo en su mano imponer a la iglesia pero no lo hizo mientras gobernaba!).

La iglesia institucional, como era de esperar, ha puesto ya el grito en el cielo. Pero no le hemos oído citar al respecto ninguna frase del Evangelio, ningún dicho de Jesús (¿cómo podría hacerlo? En balde buscaría ningún dicho de Jesús en su favor en toda esta cuestión). Se ha limitado, como era también de esperar, a defender sus intereses enmascarados de derechos o incluso de caridad. Vayamos por partes.

Primero: intereses enmascarados de derechos. “La iglesia católica -se nos dice- no goza de ningún privilegio en cuestión de IBI, pues se le aplica la misma ley que rige para los bienes inmuebles de todas las asociaciones sin ánimo de lucro”. Que digan los expertos si es o no es así, pero yo apostaría a que, también en lo que se refiere al Impuesto de Bienes Inmuebles, la iglesia católica goza de muchos privilegios si la comparamos con otras religiones o asociaciones o fundaciones sin ánimo de lucro. Eso por un lado.

En cuanto a que las instituciones católicas posean “sin ánimo de lucro” tantos bienes inmuebles como poseen, ¿qué queréis que os diga? Toda la credulidad del mundo no bastaría para creerlo. ¿Cómo es que la iglesia institucional posee tantas casas, fincas, conventos, monumentos, colegios, clínicas y hoteles sin ánimo alguno de lucro? Misterio. Y si de verdad no tienen ánimo de lucro, ¿cómo es que les cuesta tanto deshacerse de tantos bienes? Otro misterio.

Segundo: intereses enmascarados de altruismo o incluso de caridad. “No hay en el Estado -se apresuran a decir los obispos sacando pecho- ninguna institución que desempeñe una labor social tan altruista y caritativa como la Iglesia. ¿Qué sería, por ejemplo, si los colegios religiosos dejaran de escolarizar a casi la mitad de nuestra sociedad? ¿Y qué sería de tantos y tantos pobres si no existiera Caritas, que depende de la iglesia? Vosotros, socialistas e izquierdosos todos, ¿queréis acaso fiscalizar la caridad, someterla a impuestos?”.

Yo también pienso que casi todos los colegios y universidades religiosas desempeñan una magnífica labor educativa -y lo hacen tanto mejor cuanto más libres son de las directrices de la jerarquía eclesiástica-, pero no es la iglesia institucional sino los padres (religiosos o no) de las alumnas/os los que pagan (muy religiosamente) de su propio bolsillo la esmerada educación que reciben sus hijas e hijos en esos centros religiosos. Se puede discutir si los centros educativos ahorran algo al Estado, pero en ningún caso el mérito sería de las instituciones religiosas, sino de los sufridos padres que pagan.

En cuanto a Caritas… ¡Qué feo es apelar a Caritas, admirable Caritas, para justificar el injustificable apego de la iglesia al poder, al privilegio y al lucro! ¿No pretenderán hacernos creer que son los obispados, despojándose de sus bienes o vaciando sus tesoros, los que proporcionan a Caritas las enormes sumas de dinero que permiten comer y vivir y tener una casa a tanto necesitado? Caritas sí es evangelio puro. Caritas sí es auténtica Iglesia de Jesús.

La historia de la Caridad sí es la verdadera historia de la verdadera Iglesia. Pero el mérito no es de la iglesia con minúscula. Y mencionar a Caritas para justiciar la exención del IBI es puro sofisma. El dinero que gestiona y distribuye Caritas -por cierto, de manera muy fiable- no es dinero de la iglesia, es dinero de la gente, dinero de gente compasiva y generosa, religiosa o no religiosa, afín u hostil a la iglesia católica. Y aunque no existiera Caritas, la Caridad seguiría existiendo, y estoy seguro de que la gente buena seguiría dando de su dinero para la gente necesitada.

Jesús, el profeta manso y resuelto, el que expulsó y seguiría expulsando a los mercaderes del templo, dijo: “No podéis servir a Dios y al Dinero”. Y también dijo: “El que tenga oídos para oír que oiga”.

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José Cabrera: "El Cristianismo es la única religión del mundo cuyo Dios muere"

José Cabrera: "El Cristianismo es la única religión del mundo cuyo Dios muere"

José Cabrera, médico forense

El médico forense publica "CSI: Jesucristo" (Atanor)

José Cabrera: "El Cristianismo es la única religión del mundo cuyo Dios muere"

"Es curioso: a Cristo lo mataron por blasfemo y a los cristianos por ateos"

Jesús Bastante, 17 de marzo de 2012 a las 16:46

(Jesús Bastante).- "Es curioso: a Cristo lo mataron por blasfemo y a los cristianos por ateos". José Cabrera es médico forense. Ha intervenido en numerosos programas de televisión y radio, y acaba de publicar el libro "CSI: Jesucristo", editado por Atanor. En él plantea, con las técnicas que hay ahora, cuál fue o cuál pudo ser la muerte de Jesús.

-¿De qué murió Jesús?
-La gente dirá, ¡le crucificaron! Pero a mí me interesa que los creyentes y los no creyentes entiendan lo que significaba en aquella época morir en la cruz. Era un tormento tan brutal, que nos es imaginable hoy día. Hoy se sigue muriendo, pero no de esa manera. Cristo murió porque fue torturado. Antes de ser clavado en la cruz estaba ya muy mal.

-¿O sea que a la cruz llegó casi muerto?
-Casi muerto, sí. De hecho, en la cruz debió estar vivo entre dos y tres horas máximo. Cuando hay referencias históricas de gente crucificada que ha vivido días colgado en la cruz.

-¿Por eso a los otros dos les quebraron las piernas, y a Jesús no?
-Efectivamente, por eso el centurión, como de todos es conocido, le tiene que atravesar el corazón. Para no romperle las piernas, como dicen los profetas.

-¿Y de ahí salió "sangre y agua"?
-Siempre se ha especulado con esto, pero se puede explicar: es el líquido del pericardio y de los pulmones. Cuando una persona está colgada en una cruz, se está asfixiando, y además el corazón late con dificultad. Por eso se llena de líquido la cámara del pericardio, y al pinchazo de la lanza sale sangre de los ventrículos y líquido pericárdico.

-¿Cómo era la corona de espinas?
-No era una corona como suelen pintarla, era una especie de casco. Eso hacían. Lo que pasa es que la tradición cristiana habla de una corona porque era más estético, lógicamente. Pero es un casco que clavaban directamente, hecho con los espinos que utilizaban las guarniciones romanas para encender las hogueras. Como el sarmiento de Castilla.

-¿Cuál es la causa última de la muerte de Jesús?
-El fracaso cardíaco ante la pérdida de sangre. En un momento dado, cuando el corazón no tiene sangre que bombear, se para. El término técnico es "shock hipovolémico". Desde el punto de vista forense, tras esa expiración, el último suspiro de vida, Cristo falleció definitivamente. El resto, son historias para justificar o no justificar el tema de la resurrección. Pero vamos, la muerte es segura. No podían jugarse el pellejo, ni Pilatos ni la autoridad judía.

-¿No crees que se le da demasiada importancia al sufrimiento de Cristo, y menos al "motivo" (desde una perspectiva creyente) de ese sufrimiento?
-Ése es el núcleo de la creencia. No se puede vivir sin creer. En algo, en alguien. En tu hermano, en tu novia, en tu trabajo, o en Cristo resucitado. Porque vivir sin creer es absurdo. El cristianismo es la única religión del mundo cuyo Dios muere. Eso es muy interesante, más que el hecho de que resucite. Porque eso, para un forense, ya es hipótesis. Pero vamos, los médicos también somos personas.

-¿Cómo conseguiste plantear el libro desde la perspectiva profesional, sin caer en determinados clichés?
-Bueno, el título es una concesión que he hecho a la editorial, porque CSI es muy comercial. A mí lo que me interesa es el fondo de la cuestión. No soy para nada escabroso, soy un médico serio que ni siquiera tiene fantasía. Por eso me veo obligado a hablar de la realidad, no soy capaz de escribir cuentos. 
Me lo planteó un amigo que pensaba que había que escribir algo sobre esto. Está la película de Mel Gibson, pero una película siempre es fácil.

-¿También introduces, además de los médicos, aspectos históricos y culturales, o detalles que ayuden a entender todo el camino de Jesús al Calvario?
-Eso es. Es que es muy importante que la gente que quiera estudiar la muerte de Cristo, sea o no creyente, entienda lo que es eso históricamente: los judíos le denuncian por blasfemo (porque dice que es Hijo de Dios), y los romanos le detienen por presión política. Es decir, Pilatos le mata para que no le acusen ante el emperador, que está en Roma. Y él no quiere jugársela. Por eso dice la tradición que la mujer de Pilatos le advierte de que Jesús es inocente.

-Hay un evangelio apócrifo de Pilatos, que cuenta cómo vivió él tras eso...
-Sí, es muy interesante. La gente no sabe, por ejemplo, que durante los primeros años de los cristianos y las persecuciones, cuando Nerón los mataba en el circo romano, los mataba por ateos. Porque no creían en los dioses romanos. Es curioso: a Cristo le matan por blasfemo y a los cristianos por ateos.

-¿Tanto suponía en esa época proclamar que Dios se hace hombre y además muere?
-Claro, es muy fuerte. Ésa es la clave de la hipótesis que mantienen algunos intelectuales de que ésta pudiera ser la verdadera religión: No existe ninguna otra, en el constructo humano, que haga eso.

-¿Y el mito de Osiris?
-Eso es otra cosa. Es una transformación diferente. Por eso, como decía un teólogo cristiano, "es la hipótesis más cercana a la verdad".

-Estas informaciones sobre los padecimientos de Jesús eran ignoradas, no hace mucho, hasta por los papas. ¿Le dan más valor a la redención?
-Sí, porque además Jesús sufrió sin tener por qué. Si eres Dios, y existes dese siempre (que es el concepto de Dios), ¿por qué vas a sufrir? La explicación cristiana es sufrir por amor. Lo único que nos queda en este mundo: ni corbatas, ni coches, ni técnica. Únicamente el amor.

-¿Valdría el discurso de las bienaventuranzas para firmar hoy cualquier declaración de Derechos Humanos?
-Mahatma Gandhi, que no era cristiano, tenía las Bienaventuranzas en la cabecera de su cama. Las bienaventuranzas son la clave del actual código penal: no a la tortura, no a la venganza, sí al perdón de los enemigos. Eso no lo ha hecho ninguna religión. Por eso marca un antes y un después.

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El cristianismo es la única religión del mundo cuyo Dios muere
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La Biblia, traducción interconfesional

La Biblia, traducción interconfesional

Un regalo para la Semana de Unidad

La Biblia, traducción interconfesional

Una Biblia para TODOS

Verbo Divino, 23 de enero de 2012 a las 10:29

(Verbo Divino).- Una Biblia para TODOS. Los hombres y mujeres que tienen el español como lengua propia ya tienen una nueva Biblia, una Biblia que es el resultado de un trabajo conjunto llevado a cabo por cristianos de diversas confesiones. Por eso es una traducción interconfesional.

La Biblia Traducción Interconfesional (BTI) es el fruto de un largo y complejo proceso de trabajo que se iniciaba en 1973, con la traducción del Nuevo Testamento, y que culmina ahora, en 2008, con la edición completa de la Biblia. Han sido más de treinta años de trabajo intenso en el que ha participado una veintena de expertos biblistas cristianos. El esfuerzo ha merecido la pena.

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"Las mujeres se merecen responsabilidades dentro de la Iglesia"

"Las mujeres se merecen responsabilidades dentro de la Iglesia"

José Luis Segovia y Juan Pablo García Maestro, Instituto Superior de Pastoral

"Las mujeres se merecen responsabilidades dentro de la Iglesia"

"Con el Vaticano II hay que hacer un ejercicio de profecía más que de nostalgia"

Jesús Bastante, 23 de enero de 2012 a las 09:17

(Jesús Bastante).- José Luis Segovia es el director del Instituto de Pastoral, y Juan Pablo García Maestro es el coordinador de unas jornadas de teología que cumplen su 23ª edición y que, bajo el título "Recibir el Concilio, 50 años después", se celebran del martes al jueves de esta semana en el Instituto Superior de Pastoral (Juan XXIII 2, de Madrid). "La Iglesia, con el Vaticano II, se hizo coloquio. El Concilio Vaticano supuso tanta riqueza y novedad que todavía necesitamos desplegar todo su potencial", afirman.

¿Por qué tratar hoy en día el tema del Concilio?
JPG: Yo creo que ha sido el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX. Antes del Concilio todo era antiguo, y después ha sido todo nuevo. No se trata de caer en maniqueísmos, pero sí creo que ha marcado a la Iglesia, sobre todo desde 3 dimensiones: la primera línea importante es que supuso la apertura al mundo, lo quiso mirar con ojos nuevos, aprender de él a través del amor, del diálogo también con los no creyentes, con los hermanos de las otras iglesias y de las otras religiones. Fue clave el primer documento que se aprobó en el Concilio. Después, lo más importante y lo más olvidado es que fue un concilio ecuménico. El ideal de Juan XXIII era la unión de las iglesias. Y por último, el tercer eje del Vaticano II fue la opción preferencial por los pobres, aunque luego se entró de forma tímida en esa cuestión, cuando en realidad tendría que haber tenido mayor profundidad, en tanto en cuanto los pobres tienen que ser los primeros, los preferidos en la Iglesia. Cosa que creo que Medellín en el 68 sí supo reinterpretarlo para toda la Iglesia de América Latina. Insistieron en que, o la Iglesia es la Iglesia de los pobres, o no se da. Por eso, creo que actualmente hay que hacer la relectura del Concilio Vaticano II preguntándose cómo es el diálogo con el mundo, el respeto por la autonomía moral, cómo nos encontramos con respecto al ecumenismo, y hasta dónde ha llegado la Iglesia en su opción clara por los pobres. Porque Jesús de Nazaret optó claramente por ellos. Y no solamente optó, sino que fue pobre. Entonces, hay que hacer una reflexión a partir de Medellín, que a pesar de que duró una semana, llegó mucho más lejos que el Concilio, que duró tres años. Desde ahí hay que mirar hacia el futuro, porque hoy la situación es muy distinta que en los años sesenta.
JL- En ese sentido vamos a hacerlo en el Instituto Superior de Pastoral, porque indudablemente tenemos un deber de memoria agradecida con nuestros mayores, que ocuparon un importante papel en el Concilio Vaticano II en España. La presencia española en el Concilio no fue muy boyante, pero desde luego hubo profesores del Instituto Superior de Pastoral que hicieron una recepción enorme con su doctrina en la Iglesia española.

En España, además, cuando se produjo el Concilio estábamos en una situación política bastante diferente al resto de Europa. ¿En qué medida los aires del Concilio provocaron que la Iglesia estuviera al frente de los nuevos tiempos?
JL- Con mucha fuerza, sí, como el cardenal Tarancón.

Han pasado 50 años, que en el lenguaje de la Iglesia es poco siendo una institución con más de 21 siglos de historia. Pero para la gente de nuestra generación, parece que el Concilio Vaticano queda muy lejos, que se ha olvidado. Cuando se habla del Concilio el análisis suele centrarse en temas litúrgicos, en los cambios en lo ornamental, en lo organizativo... Y no tanto en lo que tú has comentado: opción preferencial por los pobres, ecumenismo, apertura al mundo... ¿La distancia entre algunos postulados de la institución y los miembros de nuestras sociedades, no es hoy bastante más larga?
JL- Yo creo que una de las grandes aportaciones del Concilio Vaticano II fue la autocomprensión de la Iglesia, entendida como Pueblo de Dios en ejercicio de corresponsabilidad. En ese sentido, todavía tenemos asignaturas pendientes. Hay cosas en las que avanzar, y una de ellas es, efectivamente, el diálogo con el mundo. Tampoco se trata de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino de ver aquello que aún necesita desarrollo, ver los grandes retos del siglo XXI en relación al acervo del Vaticano II, que tiene muchas claves para entender las necesidades de la Iglesia. Hay que hacer un ejercicio de profecía, de mirar hacia delante, más que de nostalgia o de recuerdo. Hay que practicar autocrítica, diálogo intereclesial, y en definitiva, la puesta en acto de lo mejor del Concilio pasa por rescatar dos dimensiones fundamentales de la Iglesia: primero, la fidelidad a los orígenes. La Iglesia nace a los pies de la cruz. Por eso hoy debemos seguir con los ojos fijos en el Señor, y a los pies de todos los crucificados. Y segundo, lograr lo que dice Jesús en el discurso de despedida: "Que sean uno, para que el mundo crea". Mantener la unidad dentro de la diversidad. Eso nos permitiría poner en marcha el Concilio Vaticano II para este siglo XXI.

De hecho, en las jornadas, tanto la primera ponencia como las dos últimas son iniciativas hacia delante, para nuestros días, con perspectivas de evangelización. Luego tenéis al arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez. Y el miércoles 25 de enero hay una mesa redonda que me parece muy sugerente: "Tres matrimonios, tres generaciones ante el Concilio". Porque el Concilio, como la Iglesia, no es sólo cosa de consagrados, sino también de laicos, matrimonios, personas que han vivido distintas etapas y distintas perspectivas.
JL- Y también distintos contextos. Tenemos dos catedráticos, uno relacionado con el ámbito de la filosofía, todos de edades diferentes y que aportarán seguramente la riqueza de los matrimonios cristianos.
JP- Yo creo que si el Concilio marcó un hito en la historia fue porque la Iglesia dejó de ser eurocéntrica. Dejó de pensarse que la Iglesia estaba en Europa y simplemente tenía iglesias en Japón , en Tailandia, en el Norte de África, y se entendió que todas esas eran iglesias con rostro propio. Lo importante del espíritu del Concilio es que dio sentido a esa particularidad de la Iglesia universal. Se tomó conciencia de que cada iglesia nace de una contextualización de la propia teología. Es muy importante la consecución de esa particularidad universal, dejar de pensar que todas las iglesias tienen que tener rostro europeo. También cabe señalar que durante el Sínodo de los obispos que vamos a celebrar en octubre vamos a hablar de nueva evangelización. Pero yo creo que no se puede hablar de nueva evangelización mientras no haya unidad en la Iglesia. El ecumenismo sigue siendo una herida muy dura en la Iglesia.

¿No se insiste demasiado en una reunificación de instituciones, abundando menos en otras cosas que nos unen como cristianos? ¿El primer paso no debería ser el de reconocernos como hermanos en la fe?
JP- Sí. En ese sentido, me llamó la atención una de las entrevistas que le hicieron a Juan Pablo II, en la que dijo que no hay mal que por bien no venga. Dijo que las divisiones habían sido evidentemente dolorosas, pero que algunos aspectos de la Iglesia luterana como importancia que le han dado a la Teología de la Cruz o a la Palabra, mientras que los católicos nos hemos centrado más en los sacramentos, han servido para que aspectos que el catolicismo había olvidado, hayan sido recordados por los hermanos de las iglesias luteranas. Así, también los ortodoxos han destacado el tema de los iconos y del Espíritu Santo, mientras nuestra teología es más cristocéntrica. Gracias a los ortodoxos, entonces, hemos recuperado la dimensión simbólica, la importancia de la exégesis y la Sagrada Escritura. Entonces, yo pienso como Juan Pablo II: que las divisiones han sido negativas pero que, por otra parte, han servido para restaurar aspectos que cada uno habíamos olvidado. La virtud comunitaria, la vida religiosa, y el tema de los santos, son cosas que también están recuperando ahora los luteranos. Al final, es más lo que nos une que lo que nos separa. Pero no solamente eso, yo espero que también sea así el diálogo con las otras religiones, que hasta ahora nos hemos excluido, pensando que fuera de la Iglesia no hay Salvación. Cuando en realidad, es fuera de la fraternidad donde no hay Salvación. Porque la fraternidad es lo que nos une a todas las confesiones cristianas. Lo que dijo Pablo VI en el mensaje de clausura del Concilio: que todos sus documentos estaban atravesados por el espíritu del buen samaritano. Por la mística de los ojos abiertos que miran a todos los que están tirados a los bordes del camino. Es esa compasión lo que tiene que unir a todas las confesiones. Porque todo es relativo, menos Dios y el hambre. Eso une a todas las religiones y espiritualidades de la historia.
JL- Es la dimensión dialogal que recordaba Pablo VI, y que es otra de las notas identitarias del Instituto de Pastoral: que la Iglesia se hace coloquio. El Instituto forma parte de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca. Ahora mismo estamos desarrollando el máster en Teología Pastoral, estamos haciendo acuerdos con una universidad de Panamá, y además estamos ofertando un curso de actualización teológico-pastoral, cursos intensivos para sacerdotes, religiosos y laicos; y vamos a poner en marcha también, en breve, cursos monográficos sobre la planificación pastoral, la lectura en la liturgia... El Instituto trata de dar respuesta a las necesidades de los agentes de pastoral desde la concepción de Iglesia samaritana, dialogante y compasiva; que apuesta por los pobres como en el Concilio Vaticano II.

Hacia el futuro, ¿veis necesario otro Concilio? ¿Las enseñanzas de éste están todavía en pañales? ¿Se tiene que dar la vuelta? ¿Se ha retrocedido? ¿Hacia dónde tenemos que ir?
JL- Yo creo que el Vaticano II tiene una riqueza y supone unas novedades tan importantes, que todavía necesitamos desplegar todo su potencial. Sobre todo en la forma de autocomprenderse la Iglesia y en los cambios en las estructuras, muy incipientemente comenzados. Cambios que posibiliten una Iglesia más participativa, más colegial, que acentúe las dimensiones de la misión y del encuentro con los demás. En ese sentido, creo que no necesitamos otro Concilio, sino seguir poniendo en acto los grandes retos a los que nos abrió el Vaticano II. No creo que sea necesario un Concilio Vaticano III. El Sínodo de 2012, además, invita a un diálogo interior en la Iglesia, al contraste y a la confrontación amistosa para tratar de responder a los dos grandes retos que son el eclipse de Dios en sociedades tan secularizadas, y la injusticia y sufrimiento de tantas personas que lo están pasando mal, por la crisis financiera y por otras muchas razones.
JP-A mí me gustaría añadir una cuestión: el teólogo Hans Kung decía que necesitábamos un Concilio Vaticano III. Le preguntaron a Rahner, sobre esa propuesta de Kung, y él contestó que si todavía no hemos asimilado el Vaticano II, tardaremos cien años en poder enfrentar el mensaje de un tercero. Mirando con perspectiva de futuro, creo que la Iglesia tiene que ser una Iglesia de los laicos. El Concilio Vaticano I fue más bien un concilio del Papado. El segundo fue más eclesial, y de los obispos. Yo espero que el fruto que se recoja del Concilio Vaticano II en el futuro, sea de verdad para la Iglesia de los laicos. La Iglesia Pueblo de Dios, la Iglesia de Cristo. Antes que de la jerarquía. Y una Iglesia con rostro más femenino. Hoy en día no podemos minusvalorar toda la explotación que tiene la mujer. Hay que avanzar hacia una teología de rostro femenino, leer la Biblia con ojos de mujer. No se trata de feminismos, en la Iglesia la mayoría son mujeres. Jesús legó, en ese sentido, pasos muy concretos de apostar por la mujer. Se merecen responsabilidades, y todavía sufren una situación de doble marginación cuando, además de ser mujeres, son pobres. Lo que debe verse en nuestro espíritu evangélico es que ya no hay ni varón ni mujer, ni esclavo ni libre, sino que somos todos iguales. Por tanto, que se tomen en serio los ministerios laicales, y la aportación que la mujer ha hecho en la historia de la Iglesia.

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"Ninguna iglesia tiene las manos limpias. Todas han torturado a algún otro hermano cristiano"

"Ninguna iglesia tiene las manos limpias. Todas han torturado a algún otro hermano cristiano"

Mariano Perrón es Delegado de Ecumenismo del Arzobispado de Madrid

"Ninguna iglesia tiene las manos limpias. Todas han torturado a algún otro hermano cristiano"

"Las diferencias entre cristianos las establecen las jerarquías eclesiásticas más que los mismos fieles"

Jesús Bastante, 20 de enero de 2012 a las 09:32

(Jesús Bastante).- Celebramos en estos días la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, un octavario de la oración que nos recuerda la necesidad de que los seguidores de Jesús caminemos hacia un destino común, pero también las dificultades -institucionales y reales- con las que este proceso se encuentra. Más de un siglo después de que se iniciara esta cadena de oración, Mariano Perrón, delegado de Ecumenismo del Arzobispado de Madrid, aborda, en esta entrevista en RD, los retos del diálogo ecuménico. "Ni por parte del episcopado católico, ni algunos grupos evangélicos españoles, hay un interés claro por el ecumenismo", afirma.

-¿Cuándo hablamos de unidad de los cristianos a qué nos referimos?
-Todo el movimiento ecuménico comenzó con una idea de misión. Es decir, si las iglesias querían dar un testimonio, no podía ser un testimonio dividido. Era un "antitestimonio" cristiano que vinieran los anglicanos por un lado, los evangélicos por otro, los católicos por otro... Así que la palabra clave para la evangelización y para la misión comenzó a ser la unidad de la Iglesia. Ahora se han cumplido 100 años del gran Congreso de Edimburgo, en el que se planteó desde esa perspectiva el encuentro de las iglesias. Desde entonces ha habido toda una serie de encuentros que respondían a la idea última de llegar a la unidad visible de la Iglesia.

-¿Qué es eso de unidad visible?
-Sería reintegrar todas las iglesias que a lo largo de la historia se habían ido desgajando. Los 2 puntos clave serían el cisma de Oriente y el cisma de Occidente: los ortodoxos (iglesias orientales) y la Iglesia Católica; y la otra gran ruptura, que fue el protestantismo, el movimiento de la Reforma.
Se pretendían ver todas las diferencias que había, de carácter teológico, como régimen de Iglesia, como manera de vivir... todo ello con una meta, que no era la unidad de la Iglesia como tal, sino el testimonio común. Poder ofrecer el Evangelio como un cuerpo único de Cristo, indiviso e indivisible.
Hemos dado pasos en todos los ámbitos: por ejemplo, en el del diálogo teológico entre iglesias. En Estados Unidos algunas iglesias luteranas que se habían escindido se reintegraron, constituyendo una sola unidad. Se hicieron comisiones para los temas más álgidos: por ejemplo, la justificación entre la Iglesia Luterana y la Católica; bautismo, ordenación, eucaristía, sacramentos en general, autoridad... tema que lleva vigente entre católicos y comunidad anglicana desde el año 65, y que ha dado muchísimos pasos.

-La Iglesia anglicana ha aprobado la ordenación de mujeres. ¿Tienes este fenómeno más importancia o menos que la ordenación de homosexuales?
-Con la homosexualidad, la "objeción" que habría sería de orden moral. La ordenación de la mujer, en cambio, tiene un carácter intrínseco. Supone decir que una mujer, cromosoma XX, es incompatible con ese ministerio. Cristo sólo ordenó varones, por lo tanto, las mujeres están excluidas. Esa sería la postura tradicional.
Lo que es más importante es que se ha llegado a reconocer algo que antes no había existido: los prejuicios, las enemistades, y la fobia interna que había de unas confesiones a otras, sobre todo en lugares que históricamente habían tenido "sangre" y persecución (Alemania, Ginebra...). Ninguna iglesia tiene las manos limpias. Todas han torturado a algún otro hermano cristiano, por cuestiones ideológicas o doctrinales. Lo que se ha ido logrando, es un encuentro de cristianos en niveles pequeños. Porque los encuentros de Pablo VI, o todas las visitas de Juan Pablo II, llaman la atención. Impresiona ver juntos a un Papa y un Patriarca. Pero quitemos algo de incienso: si ha habido tanto acercamiento es porque hemos entrado en una fase de secularización muy fuerte. Las iglesias ya no son el cuerpo imperante social, política e ideológicamente en lo que llamamos occidente. Entonces, da miedo: o presentamos un frente común, o nos encontramos una sociedad cada vez más laica, donde no pintamos absolutamente nada y es imposible hacer llegar el mensaje evangélico.
El otro elemento, creo que se está viendo con excesivo optimismo e idealismo: el resurgir del islam en occidente. La Conferencia Episcopal Francesa sacó una nota hace años poniendo en guardia sobre la seriedad que supone una comunidad que, en el caso concreto de Francia, supone nada menos que 5 millones (oficialmente) dentro de una nación de 50 millones. Es un porcentaje muy alto de una religión que tiene no sólo una fe como contenido, sino también connotaciones que implican a la sociedad, el estilo de vida, etc., y que en ocasiones son totalmente chocantes con los de occidente.
Sin embargo, la labor ecuménica ha dado más pasos. Hemos conseguido proyectos comunes de calidad, compartir espacios... Un ejemplo de estos proyectos es la Biblia Interconfesional. La han hecho, en España, la Conferencia Episcopal y las Sociedades Bíblicas. Por fin cuajó, y hoy tenemos un texto bíblico común para todas las confesiones.

-¿Y no fue una pena que, inmediatamente después, saliera una Biblia oficial de la CEE?
-Es cierto que se quedó totalmente apagada en un sentido, pero es que lo que se tiene que hacer en las celebraciones litúrgicas estrictamente católicas, en los sacramentos, la eucaristía, los ritos... es usar la Biblia oficial promulgada por la CEE. La Biblia Interconfesional habría que dejarla, o bien para otros actos, o para estudio.

-Desde las bases, en ocasiones se critica el proyecto ecuménico desde esta doble vía: pensando que lo que tiene que hacer el resto es "volver a casa". ¿No es, por el contrario, más importante, el reconocimiento de que todos somos creyentes en Jesús y que compartimos una serie de valores? ¿Se está haciendo un trabajo real para unir? ¿Desde las bases, o desde Roma?
-Personalmente, desconfío muchísimo de esto, por los resultados que ha habido desde que terminó el Concilio en el 65: crear clima de diálogo, organismos de tipo teológico y de servicio... pero hay un detalle: la lengua es muy interesante, y en todos los discursos que ha dado el Papa Benedicto en su viaje a Alemania, no ha hablado en ningún momento de unidad visible de la Iglesia. Testimonio común, de evangelización común... son términos que ya se van dejando. La idea de una única Iglesia se ha dejado aparcada por el momento.

-¿Eso es malo?
-Yo no lo veo malo, sino realista. La evolución que ha tenido la comunidad anglicana con la ordenación de mujeres ha supuesto, o bien una ruptura (gente que ha dejado la Iglesia anglicana) o una vuelta a la Iglesia Católica. Esto basta hablarlo con determinados anglicanos, para que te digan que la labor ecuménica con la Iglesia católica consiste en "retornar a casa". Lo cual supone talar completamente el pequeño brote que puede haber de esperanza de diálogo ecuménico. Pero sí veo, por el contrario, mucha esperanza en otro elemento: en la capacidad de la gente de superar todas las diferencias, porque, en muchos casos, las establecen más las jerarquías eclesiásticas que los mismos fieles. Evidentemente, el que en una parroquia se pueda constituir un grupo de acción caritativa en el que estén participando católicos, evangélicos de dos confesiones distintas... y que sepan que, si se quiere hacer llegar el Evangelio, hay que hacerlo de una manera común, dando testimonio de entrega y atención a los más necesitados, supone un germen. Una forma de crecer en la unidad. Esto estructuralmente no es visible, pero es tremendamente real. La posibilidad de crear un círculo de estudio bíblico o de oración, en una iglesia evangélica o católica, y acercarse a la Palabra de Dios, es otro elemento muy positivo. Incluso, pensemos en algunos organismos no representativos de sus respectivas iglesias, como las sociedades bíblicas americanas: están integradas mayoritariamente por protestantes y, sin embargo, en su Comité de Dirección hay miembros católicos. Ahora mismo, de hecho, la American Bible Society está volcada hacia el catolicismo: está utilizando una página de Leccio Divina. Así es como crece el encuentro. Es mucho más importante esto, que el que se junten el Papa y el Patriarca. Por ahí no creo que se pueda llegar, francamente, a nada.

-Si estableciéramos un ranking por países, ¿dónde sería más visible ese trabajo por la unidad? ¿Qué papel y qué lugar ocuparía España?
-Seamos objetivos: en España, ni por parte del episcopado católico, ni por parte de un buen número de grupos evangélicos españoles, hay un interés claro por el ecumenismo. Los unos, porque se apoyan en la tradición: hemos sido la Iglesia toda la vida. Es triste decirlo, pero ésa es la postura. Y por parte de algunos de los otros hay auténtica negación del ecumenismo, incluso de los términos. La palabra "ecuménico" suscita verdaderas fobias en algunos sectores.
Hay un fenómeno que por el momento no está suficientemente estudiado, y que merecería la pena que los sociólogos religiosos le echaran una ojeada: el fenómeno de los movimientos carismáticos, tanto en EEUU como Sudamérica, África, India y otras zonas de oriente. Grupos carismáticos que están trabajando como iglesias locales, pequeñas, donde las distinciones de origen (católico o luterano, por ejemplo) están siendo totalmente superadas y dejadas al margen, en el momento en que el grupo está funcionando de una manera eclesial, aunque no sea eclesiástica. Al mismo tiempo, determinados grupos carismáticos muy libres, muy desvinculados en cuanto a jerarquía o estructura, están llegando a buscar un ministerio que tenga raíces históricas: presbíteros y obispos válidamente ordenados que les presidan.

-¿Existen congregaciones pluriconfesionales en el mundo?
-Las hay, pero no con una orientación estrictamente ecuménica, es decir, de búsqueda de la unidad. Hay proyectos comunes donde las diferencias doctrinales, históricas y de tradición eclesial, se dejan al margen en función del servicio. O del estudio bíblico, como decía antes.

-¿Cuál es el cristianismo con el que sueña Mariano Perrón?
-Si soy sincero, no soñaría, ni siquiera, con el cristianismo del Nuevo Testamento. Si leemos en los Hechos de los Apóstoles que "todos tenían un mismo corazón", y de pronto nos encontramos una finca en la que uno se queda a parte; o si leemos las palabras de Pablo, cuando habla tan maravillosamente del amor a los de Corinto, pero resulta que luego en Corinto el que llega más pronto se lo come antes, y los que llegan tarde ahí se quedan; o la carta tremendamente cercana a lo social (en términos modernos) de Santiago, en la que habla de las divisiones de la comunidad entre ricos y pobres... ni siquiera en la misma Iglesia inicial se puede decir que haya un testimonio común. Por eso, yo aspiraría a un cristianismo de testimonio muy personal. Me refiero a grupos pequeños, porque nadie puede vivir una fe aisladamente. Estamos llamados a vivirla en comunidad, en sociedad. En todos los sentidos. Pero la importancia que puede haber en pertenecer a una historia y a una tradición es también vital: yo no puedo sentirme ciudadano del mundo. Me crié en España y tengo una serie de condicionantes. Pertenezco a la Iglesia Católica, y a lo que puedo aspirar es que ésta esté cada vez más cerca de un proyecto evangélico, no tan condicionado. Eso aún es inexistente. Utópico.

-¿Utópico, pero realizable?
-Poniendo unos límites de racionalidad, a lo que podemos llegar es a encontrarnos entre nosotros como cristianos que creen en un mismo Salvador, un mismo Mesías, una misma fe y una misma Salvación que los medios de este mundo no nos pueden ofrecer. Yo creo que esto sería más que suficiente. A lo mejor no podemos llegar a compartir el pan eucarístico, pero si podemos sentarnos alrededor de otra mesa, a compartir una eucaristía "laica", podremos compartir otra serie de cosas. La vida es mucho más amplia que una celebración litúrgica. La vida misma puede ser liturgia, ella por sí sola.

-¿Es complicado participar en las reuniones de otras confesiones? ¿Se sabe? ¿Se debe?
-Por parte católica, salvo en casos muy excepcionales, las trabas del directorio ecuménico son las mismas. Con las iglesias ortodoxas hay una mano más amplia, pero por eso mismo se puso en cuestión la validez de la ordenación de los ministros de esas iglesias. Ahora mismo, a los anglicanos que han pasado a la Iglesia católica no se les ha ordenado bajo condición de presbítero o diácono... se les ha vuelto a ordenar, taxativamente. De los pies a la cabeza. Una ordenación completa, "desde cero". En ese sentido, es difícil. Ortodoxamente, o mejor dicho, ortopédicamente, la intercomunión sigue siendo, desde una perspectiva católico-romana, un tabú. Salvo en contadísimas excepciones.

-¿Los obispos españoles se creen el diálogo ecuménico?
-... No lo sé, pero confío en que sí. Si están ordenados por el rito de la Iglesia Católica, se supone que aceptan el Vaticano II, donde hay un decreto de ecumenismo, que habrán leído y estudiado en los seminarios y facultades de teología. Por tanto, sabrán que forma parte d ela fe católica, que es un documento conciliar.

-¿Qué falta entonces en España para dar pasos hacia el ecumenismo?
-Falta un hecho real: la experiencia de la interconfesionalidad. Ya hay familias luteranas viviendo en el mismo bloque con familias católicas y también musulmanas, pero en España no hay perspectivas de pluralismo religioso como en Inglaterra, Estados Unidos o Alemania. Yo también viví como católico en Suecia, donde éramos una minoría, en esa época, del 5%. He tenido la experiencia de vivir en un país donde hasta los años 70 había discriminación contra el católico, incluso civil. Pero no se sentía uno tan perseguido como se han sentido los evangélicos aquí en España. Todavía queda un tremendo resquemor por haber sido discriminados. Todos esos elementos desempeñan un papel muy importante. Lo primero es que la gente tome conciencia de que hay españoles no católicos. Que lo de ser anglicano o protestantes no es sólo cosa de extranjeros y turistas.

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